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17.I.2016. Frío

  Temporada 2015/2016. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal 17-I-2016 GREGORY KUNDE. VARDUHI ABRAHAMYAN. ANDRÉ HEYBOER. CARLUS PADRISSA, LA FURA DELS BAUS, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANSESC PERALES, director. ORQUESTA DE LA COMUNIDAD VALENCIANA. ROBERTO ABBADO, director musical. Camille Saint-Saëns: Samson et Dalila   Aforo: 1.412 Asistencia: 100%     La premura con la que el público abandonó la Sala Principal del Palau de Les Arts y algunos abucheos escuchados al finalizar la función marcaron la temperatura de esta producción furera. Antes, el blanco y negro empleado en su mayor parte favoreció que el…

 

Temporada 2015/2016. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal

17-I-2016

GREGORY KUNDE. VARDUHI ABRAHAMYAN. ANDRÉ HEYBOER. CARLUS PADRISSA, LA FURA DELS BAUS, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANSESC PERALES, director. ORQUESTA DE LA COMUNIDAD VALENCIANA. ROBERTO ABBADO, director musical.

Camille Saint-Saëns: Samson et Dalila

 

Aforo: 1.412 Asistencia: 100%

 

 

La premura con la que el público abandonó la Sala Principal del Palau de Les Arts y algunos abucheos escuchados al finalizar la función marcaron la temperatura de esta producción furera. Antes, el blanco y negro empleado en su mayor parte favoreció que el calor no asomase ni en los momentos más tórridos. La propuesta es fría. No decepcionó, como se dijo de su estreno romano de 2013. Tampoco emociona. Ni siquiera con la enardecedora sensualidad de “Mon coeur s’ouvre á ta voix”. Parecía provocadora, pero la torpeza de muchos de los movimientos escénicos delató su carácter inofensivo. Los gestos sexuales de la bacanal provocaron más condescendencia, ante una actitud infantiloide, que repulsa. Tan solo la visión del cinturón de explosivos que mostró el Viejo hebreo en medio del patio de butacas, ampliada en las grandes dimensiones de la pantalla, dio que pensar. Padrissa convierte a Sansón en metáfora de los recortes ultraliberales del estado de bienestar de los últimos años (la caída de las largas rastas), al tiempo que salpica su historia con turbulentos episodios de terrorismo, secuestros, violaciones y muerte tecnológica con códigos QR.

El aparato escénico, comparado con la proliferación de grúas, artilugios y operarios de Das Rheingold y de Les Troyens, es discreto y no estorba demasiado. Debe ser cosa de los tiempos que corren. Con algunas proyecciones se crean imágenes bonitas. Pero donde chirría la versión es en la desconexión entre lo escénico y lo musical. Padrissa, lógicamente, culmina la ópera cuando Sansón llora su miseria, pide piedad a dios y finalmente destruye el templo de Dagon. Por el contrario, Saint-Saëns concluye bastante antes. En la bacanal. Después, apenas quince minutos en los que las intervenciones de los protagonistas y del coro de incircuncisos bajan de intensidad dramática. Y sobre todo, la música es aligerada, campanitas incluidas, y poco apropiada para una ópera pretendidamente religiosa o política. El coro ríe con sorna y muy forzado mientras se recuerdan los temas musicales aparecidos a lo largo de toda la obra. Claramente, Saint-Saëns no pretendía una ópera sacra, sino exuberante y exótica. Con esa pretendida sensualidad oriental, que tanto vale para un roto como para un descosido como dice Richard Taruskin, vivida por el compositor en primera persona en los viajes a Argel. El destino del turismo gay de la III República de Léon Gambetta, que había hecho voto del laicismo más ortodoxo.

Roberto Abaddo se presentó en esta producción después del exitoso concierto dedicado a Berlioz en la parte alta de este edifico. Al inicio tuvo algún desajuste en la sección de contrabajos y necesitó contener a la orquesta para que salieran las primeras intervenciones de Samson y Abimélech. Pero en general, hizo sonar a la orquesta con empaque: en la danza de las sacerdotisas lanzó al vuelo su brazo izquierdo para dotarla de frescura y fantasía en su sencillez y brilló tímbricamente en la bacanal. Por el contrario, fue demasiado controlador en el aria de Dalila antes citada. La interpretación de Abrahamyan resultó muy bella por su bonito e igualado sonido, pero muy plana y falta de creatividad en lo expresivo. Incluso a “Printemps qui commence” la faltó fluidez. Gregory Kunde se hizo valer de una plataforma móvil para superar el inconveniente de la lesión sufrida en los ensayos. Aunque un tanto estático, no fue malo el resultado. El tenor cantó su aria del tercer acto con mucho dolor haciendo gala de un lirismo expresivo y muy musical. Jihoom Kim tuvo algún roce en la afinación en el primer acto pero fue muy convincente. Igual que Alejandro López. Las intervenciones corales estuvieron llenas de matices desde el bonito color de las voces agudas los hebreos del inicio, a la delicada ductilidad del coro de filisteos “L’aube qui blanchit déjà les coteaux”. En el primer acto, los ancianos hebreos cantaron a espaldas del público, detrás de la platea, con lo cual se dotó a la sonoridad del momento de una sugerente espacialidad. Verdaderamente parecíamos estar en un templo.

Daniel Martínez Babiloni

Crédito: Tato Baeza

Pie de foto: Gregory Kunde y Varduhi Abrahamyan en Samson et Dalila