Audioclasica

25.V.2016. Fuera de serie

Semperoper Dresden - Lohengrin

© David Koch DRESDE. Semperoper. PIOTR BECZALA, ANNA NETREBKO, EVELYN HERLITZIUS, TOMASZ KONIECZNY, GEORG ZEPPENFELD, DEREK WELTON. STAATSKAPELLE Y CORO DE LA OPERA DEL ESTADO DE SAJONIA. CHRISTINE MIELITZ: directora de escena. CHRISTIAN THIELEMANN: director musical Lohengrin, de Wagner Aforo:1400. Asistencia: 100% Ha sido una reposición esperada y deseada. Probablemente se convierta en el acontecimiento lírico del año porque no sólo las expectativas no fueron defraudadas, sino que se vieron superadas (y no me refiero a la larga cola de público que esperaba entradas de pie o a la caza frenética de entradas, ni tampoco al magnífico servicio de prensa…

foto © David Koch

DRESDE. Semperoper.

PIOTR BECZALA, ANNA NETREBKO, EVELYN HERLITZIUS, TOMASZ KONIECZNY, GEORG ZEPPENFELD, DEREK WELTON. STAATSKAPELLE Y CORO DE LA OPERA DEL ESTADO DE SAJONIA. CHRISTINE MIELITZ: directora de escena. CHRISTIAN THIELEMANN: director musical

Lohengrin, de Wagner

Aforo:1400. Asistencia: 100%


Ha sido una reposición esperada y deseada. Probablemente se convierta en el acontecimiento lírico del año porque no sólo las expectativas no fueron defraudadas, sino que se vieron superadas (y no me refiero a la larga cola de público que esperaba entradas de pie o a la caza frenética de entradas, ni tampoco al magnífico servicio de prensa del que podrían aprender algunos teatros supuestamente grandes de países supuestamente más ‘amigables’ o ‘flexibles’).

Hasta parece raro que todo haya estado en su sitio, incluida la ‘antigua’ (treinta y tres años hoy son la prehistoria) producción de Mielitz, que habrá sido ‘puesta al día’, porque parecía flamante. Tradicionalísima a más no poder, bien centrada en los personajes pero sin ponerlos en situaciones imposibles y sobre todo sin dejar de contar la historia (hasta llega el cisne dos veces, y no parece ni ridículo ni improbable), con alguna licencia histórica como las vestimentas de la Gran Guerra bajo los suntuosos mantos medievales. No fue el principal factor de éxito, pero ayudó (y eso es lo que deberían ser las producciones, nuevas o viejas).

Como debe ser, se empezó por el principio con la dirección de Thielemann y esta espectacular orquesta con la que tan bien se conoce (ahí es nada la de trompetas distribuidas por palcos y escenario sin la menor vacilación) y con la que en vez de buscar la ‘originalidad’ o la ‘sofisticación’ estableció un diálogo fluido, que incluía al escenario sin invadirlo jamás, con una miríada de detalles y la demostración de que Wagner no escribió sólo ‘forte’, sino que fue de la intimidad a los grandes momentos de conjunto o de exuberancia orquestal. Por supuesto que sin él difícilmente hubiera visto la luz el protagonista de Beczala, de una pureza de línea, una belleza de sonido y una energía que brotaba siempre del lirismo marcado en su memorable entrada.

Y nadie mejor que él para el debut en alemán y un rol wagneriano de Netrebko, que cantó y actuó con su insultante facilidad y naturalidad, capaz de recoger una voz que tal vez sea hoy demasiado grande para la parte de Elsa. Como la obra no se acaba en los divos, y hay papeles importantes que cubrir, difícilmente pueda cuestionarse la elección de Herlitzius, una pérfida Ortrud desde su entrada hasta el momento final (para este papel la voz bella no es un requisito esencial, y algún agudo metálico tampoco) o la de Zeppenfeld en el Rey (de acuerdo, su voz no es la de Kipnis, ni tampoco la de Pape, pero se oye perfectamente, suena igual en todo el registro, y actúa de forma intensa).

Se podría tal vez pensar en otro Telramund que Konieczny (su frecuentación de demasiados roles agotadores parece tener que ver con un timbre algo ajado en el grave), pero también aquí papel e interpretación desafían cualquier reserva. Walton es un cantante muy joven y seguramente su Heraldo sonará en el futuro con más espesor y carácter, pero lo que hace es más que suficiente y su participación actoral es muy activa, de modo que apoya sin empañar. Hasta los comprimarios parecen haber sido elegidos con precisión. Y con todo eso las cuatro horas largas pasan en un soplo y crean adicción (tanta, que hay quien ha vuelto más de una vez en las cuatro funciones que formarán parte de la historia de este Teatro y probablemente se conviertan no sólo en referencia, sino en momento histórico en la interpretación de la obra).

Aplausos sinfín, pateos de aprobación y verdaderos aullidos de admiración probablemente sean insuficientes para certificar lo que se vio y oyó.

Jorge Binaghi