Audioclasica

07.VI.2016 Emociones cambiantes

Grigory Sokolov

Primavera 2016. Abono 15. Palau de la Música. Sala Iturbi GRIGORY SOKOLOV, piano. Obras de Robert Schumann y Frédéric Chopin Aforo: 1.781 Asistencia: 85 %   Como en sus visitas de 2014 y 2015 seis fueron las propinas que Grigory Sokolov ofreció a un público que seguía aplaudiendo cuando salía por las puertas de la Sala Iturbi, más de dos horas y media después del comienzo del recital. Cinco de ellas pertenecían a Schubert y la última a Chopin, pero fue en la segunda, en el tercero de los Seis momentos musicales D. 780, cuando la perlada articulación y la…

Crédito: © Mary Selpkova/DG  Grigory Sokolov

Crédito: © Mary Selpkova/DG
Grigory Sokolov

Primavera 2016. Abono 15. Palau de la Música. Sala Iturbi

GRIGORY SOKOLOV, piano.

Obras de Robert Schumann y Frédéric Chopin

Aforo: 1.781 Asistencia: 85 %

 

Como en sus visitas de 2014 y 2015 seis fueron las propinas que Grigory Sokolov ofreció a un público que seguía aplaudiendo cuando salía por las puertas de la Sala Iturbi, más de dos horas y media después del comienzo del recital. Cinco de ellas pertenecían a Schubert y la última a Chopin, pero fue en la segunda, en el tercero de los Seis momentos musicales D. 780, cuando la perlada articulación y la gracia del ruso llevó al respetable casi al delirio (comedido, eso sí). También incluyó un vigoroso  quinto Momento musical. Lo escuchado anteriormente fluctuó, en un delicadísimo equilibrio, entre lo expansivo y lo minucioso, entre el control del fraseo y las sutiles licencias en los rubati. En definitiva, entre lo virtuoso y lo más íntimo, desde un estado emocional constantemente cambiante.

En Arabeske en do mayor op. 8, el pianista destacó el apoyo melódico que el primer tema encuentra en las notas picadas del bajo. El forte anterior a la última aparición del tema citado resultó solemne y para finalizar (Zum Schluss), el lento fue un prodigio de hondura, además de fraseo. El inicio de la Fantasía en do mayor op. 17, sonó a obertura. En las sonoridades grandes Sokolov derrochó creatividad. Siguió un intenso diálogo consigo mismo. Propuestas y contrapropuestas dictadas en un aparente desorden por los mismísimos Eusebius y Florestan. La sección central, Mäßig, sonó con un puntito de altanería. Fue volátil el vivo final antes de recogerse sobre el teclado en la intimidad de la sección conclusiva. Acabamos la primera parte conmocionados.

La segunda incluyó tres páginas de Chopin: los dos Nocturnos op. 32, y la Sonata nº 2 en si bemol menor op. 35. En el primer Nocturno, Sokolov demostró su capacidad de sorpresa, y de sorprender, ante lo más sencillo, ante la grácil melodía que lo inicia para cantarla plácidamente después. El segundo acabó en un pianissimo antológico. A lo largo de la Marcha fúnebre de la Sonata nº 2 sufrimos una imperceptible seducción por su fraseo. En la lírica sección central, la intensa atención del público hacia el centro del escenario se percibía claramente. El pianista atrajo hacia sí a todos los oyentes antes de retomar la marcha muy, muy piano. Desde allí nació el inquieto y breve cuarto movimiento, para intrigar y sorprender, una vez más. Tanto, que en el Scherzo anterior pareció asomar el Chopin de las grandes polonesas.

Parte del público intentó aplaudir entre movimientos, sin prioridad alguna, y otra parte la acalló con siseos. No me extraña que no se pudiera resistir, las emociones estaban a flor de piel y había que expresarlo.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI