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06 al 21 VIII.2016 Moritzburg, el festival que surgió del frío

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Moritzburg Festival 06 al 21 VIII.2016   Asistencia media: 100 %   En 1993 los hermanos Jan y Kai Vogler, junto al chelista y amigo Peter Bruns, encontraron en la localidad alemana de Moritzburg un lugar de ensueño para celebrar un festival de música de cámara. Esta inspiración llegó después de que los primeros participasen en el Malboro Music Festival, creado en 1951 por Rudolf Serkin, dirigido en la actualidad por Mitsuko Uchida. Añadiremos que Pau Casals fue uno de los primeros músicos en apoyar la iniciativa del pianista bohemio. La caída del muro de Berlín y la reunificación alemana…

Crédito: Oliver Killig Moritzburg Festival Kirchenkonzert

Crédito: Oliver Killig
Moritzburg Festival Kirchenkonzert

Moritzburg Festival

06 al 21 VIII.2016

 

Asistencia media: 100 %

 

En 1993 los hermanos Jan y Kai Vogler, junto al chelista y amigo Peter Bruns, encontraron en la localidad alemana de Moritzburg un lugar de ensueño para celebrar un festival de música de cámara. Esta inspiración llegó después de que los primeros participasen en el Malboro Music Festival, creado en 1951 por Rudolf Serkin, dirigido en la actualidad por Mitsuko Uchida. Añadiremos que Pau Casals fue uno de los primeros músicos en apoyar la iniciativa del pianista bohemio. La caída del muro de Berlín y la reunificación alemana favorecieron aquello que se planteó como una apertura y una búsqueda de libertad que no se tenía en la RDA. Por ello uno de los objetivos de esta cita veraniega es, aún hoy, tender puentes entre Europa y Estados Unidos. Los músicos invitados llegan de uno y otro lado del Atlántico para convivir y “profundizar en la música” durante tres semanas, en un paraje cuyos paisajes se graban en la retina para no desaparecer nunca de la memoria.

“¿Por qué no tener un festival en Moritzburg?”, se preguntaron entonces. Hoy, plenamente establecido en la agenda cultural del viejo y desorientado continente, la de este año ha sido su vigésimo tercera edición. De ella Jan Vogler, director artístico, se siente especialmente satisfecho. Por su parte, Pauline Sachse, viola, añadía después: “Aquí acuden músicos muy interesantes”, y Sarah Wegner, soprano, aludía a la fraternidad habida entre ellos. Algunos son los que imparten clases a los estudiantes de su academia, la cual comenzó a funcionar en 2006. Este año su conjunto orquestal ha sido dirigido por el barcelonés Josep Caballé Domènech, quien ostenta la titularidad de la Colorado Springs Philarmonic y la Staatskapelle de Halle (Alemania). Caballé Domènech, premio de la Asociación Alemana de Editores de Música (DMV) a la mejor programación en 2016, dice haber quedado impresionado por el alto nivel de los jóvenes y satisfecho del trabajo realizado: “el repertorio sinfónico se aborda desde una óptica camerística, lo cual resulta diferente y muy interesante”. Tras unas exigentes pruebas de selección, la Academia del Festival de Moritzburg, dirigida por Mira Wang, ha contado con la participación de tres españoles que estudian en Alemania: Irina Folgado Dopico (oboe), Ismael Vidal Rodríguez (trompa) y Ana Díaz Delgado (trompeta).

Ellos inauguraron el festival con sendos conciertos en Elbe Flugzeugwerke, una importante fábrica de aeronaves, y en Die Gläserne Manufaktur (La fábrica de cristal) de Volkswagen en Dresde. Este es otro de los alicientes del certamen: sus escenarios. Como auditorio principal utilizan el Schloss Moritzburg, un castillo barroco situado en medio de una isla artificial. Un edificio bello, repleto de cornamentas de cérvidos. Para más información véase la interesante crónica de Lorena Jiménez de la edición de 2015 en estas mismas páginas. (http://www.audioclasica.com/2015/08/30/30-viii-2015-musica-camara-moritzburg-paradise/). En esta ocasión, los conciertos que presenciamos se desarrollaron en la Iglesia Evangélica de la ciudad. Un versículo del libro de los Efesios preside la entrada al templo: Wandelt in der Liebe (Andad en el amor). Un amor que en este contexto se siente hacia la música y pasa por la pasión que organizadores, músicos y público muestran hacia ella en estrecha proximidad, favorecida por lo reducido de los espacios en los que tiene lugar.

Una decena de canciones sirvieron para que se retratase Sarah Wegner el sábado por la tarde (el concierto se titulaba Porträtkonzert): un sonido igualado en los diferentes registros y óptima proyección, mucho gusto y atención a la expresión que cada página demanda. El acompañamiento de Michel Gees fue impecable, a la vez que sumamente sensible. Juntos enunciaron, sin solución de continuidad, temas de opereta (un par extraídos de Die stumme Serenade de Korngold) y lieder de Alban Berg, Engelbert Humperdinck o Max Reger. La oscuridad de “Nacht”, la primera de las Siete canciones tempranas de Alban Berg, dio paso al vuelo de Die Lerche (La Alondra), la canción más vienesa de todas y uno de los momentos más bonitos del recital. El autor de Hänsel y Gretel también puso la página más divertida, Die Schwalbe: una señora que no sabemos si es golondrina o cotorra. En la media hora de concierto también se escuchó Come to me in my dreams, un tema tradicional irlandés instrumentado por Frank Bridge (aunque no constaba en el programa el compositor inglés), Ich bin von Kopf bis Fuß auf Liebe eingestellt interpretada por Marlene Dietrich en El ángel azul y el delicado Waldeinsamkeit de Reger, muy apropiado dado el entorno en el que nos encontramos: esta palabra viene a significar algo así como la soledad que se siente al adentrarse en el bosque.

No se encontró solo el flautista británico Adam Walker en el siguiente concierto. Interpretó el Cuarteto con flauta nº 3 en do mayor de Mozart. No obstante, y tal vez debido a la acústica del templo, echamos de menos mayor presencia de la viola de Richard O’Neill para equilibrar la armonía. Walker hizo gala de un sonido redondo y amplio, y gracia en el fraseo. Desde el tercer banco pudimos apreciar la nitidez de su emisión. Seguidamente, el sexteto Verklärte Nacht op. 4 de Arnold Schoenberg obtuvo una sonoridad por momentos enorme y siempre muy bonita. Destacó más por el juego tímbrico, aquello de la Klangfarbenmelodie que no tardará en definir su autor, que por la expresividad, aunque también hubo dramatismo en el clímax de la primera parte (Sehr langsam). Por el contrario, el Quinteto para piano en mi bemol mayor op. 44 de Robert Schumann resultó demasiado afectado por el exaltado Florestán. El finés Juho Pohjonen fue arropado por el cuarteto, cuyos diálogos entre Kim Kashkashian (viola), Guy Johnston (chelo) y él mismo fueron una delicia. El conjunto destacó por ser un bloque sonoro, llegando a tener empaque orquestal. En la marcha consiguieron un punto de languidez muy sugerente, contrastado grandemente con los pasajes más líricos.

El concierto de clausura comenzó con una página española: el Quinteto para cuerda op. 11 nº 5 de Luigi Boccherini. La violinista surcoreana Ye-Eun Choi encabezó el conjunto que la abordó. Su lectura fue sutil en cuanto a contrastes entre dinámicas y de una expresividad delicada. Los pasajes a dúo entre chelos y violines brillaron por su equilibrio, empaste y complicidad. Las refinadas respiraciones y el fraseo del famoso Minueto se podrían enmarcar. Sobresaliente. A continuación Sarah Wegner nos devolvió a la tarde anterior. Abordó la inquietante fantasía Maiblumen blühten überall de Zemlinsky,  un lied estrechamente ligado tanto al bloque de canciones vienesas, como a Verklärte Nacht. La instrumentación es la misma y ambos poemas pertenecen a Richard Dehmel. Su armonía, al borde de lo atonal, y tono elegíaco hacen de ella una página muy intensa. Así lo demostró la soprano al preparar con delectación el clímax en la primera estrofa. Acabó la matiné y el festival, con una de las piedras miliares de la música de cámara: el Octeto para cuerdas en mi bemol mayor op. 20 de Felix Mendelssohn Bartholdy. La versión fue vivaz a la par que rotunda. Arnaud Sussmann, violinista francés afincado en Nueva York, encandiló al público con su virtuosismo. Los otros siete músicos, con Jan Vogler en la pareja de chelos, no anduvieron a la zaga. Un vigoroso Presto sirvió de bis y conclusión.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI