Audioclasica

06-X-2016 ¿El comienzo de una buena amistad?

Crédito: Audioclásica
Martha Argerich y el Cuarteto Quiroga saludando al público tras finalizar su concierto.

MADRID CNDM. Liceo de Cámara. La Filarmónica. AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA CUARTETO QUIROGA: AITOR HEVIA Y CIBRÁN SIERRA, violines; JOSEP PUCHADES, viola; HELENA POGGIO, violonchelo. MARTHA ARGERICH, piano. Obras de Bach, Brahms y Schumann Aforo: 2.324  Asistencia: 99% Más que prometedora se presenta esta temporada del Liceo de Cámara, dentro del ciclo del CNDM, con un sensacional programa jalonado por nombres y formaciones de primerísima fila en la actualidad. Muestra evidente fue este primer concierto, celebrado con carácter extraordinario respecto del ciclo en colaboración con La Filármónica y sin duda extraordinario también por su propio cartel,…

Crédito: Audioclásica Martha Argerich y el Cuarteto Quiroga saludando al público tras finalizar su concierto.

Crédito: Audioclásica
Martha Argerich y el Cuarteto Quiroga saludando al público tras finalizar su concierto.

MADRID

CNDM. Liceo de Cámara. La Filarmónica.

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

CUARTETO QUIROGA: AITOR HEVIA Y CIBRÁN SIERRA, violines; JOSEP PUCHADES, viola; HELENA POGGIO, violonchelo. MARTHA ARGERICH, piano.

Obras de Bach, Brahms y Schumann

Aforo: 2.324  Asistencia: 99%

Más que prometedora se presenta esta temporada del Liceo de Cámara, dentro del ciclo del CNDM, con un sensacional programa jalonado por nombres y formaciones de primerísima fila en la actualidad. Muestra evidente fue este primer concierto, celebrado con carácter extraordinario respecto del ciclo en colaboración con La Filármónica y sin duda extraordinario también por su propio cartel, que contaba con la presencia conjunta del Cuarteto Quiroga y nada menos que Martha Argerich.

Precisamente, fue la gran pianista argentina en solitario, la encargada de dar salida a la velada con una de las enseñas en su repertorio personal e inseparable compañera, la Partita Nº2 en do menor BWV 826 de J.S Bach. Si existe una trinidad perfecta entre obra, intérprete e instrumento, esa es la de Argerich con esta composición del cantor de Leipzig, que conoce y toca probablemente como nadie. Con la naturalidad y el maravilloso equilibrio entre lo contundente y lo delicado que tanto le caracterizan, hizo sonar a Bach con una  pureza y profundidad únicas, apoyada sobre la belleza de su fraseo y un soberbio  impulso rítmico, extensible a los precisos tempi de cada sección, todo gobernado por un impecable sentido de la forma de planos sonoros cristalinos. Si bien no tuvo desperdicio una sola nota de toda la obra, tras unas inigualables Allemande y Courante, deslumbró especialmente la Sinfonía inicial y una inenarrable Sarabande cuya hondura hizo casi levitar a la sala, para terminar con unos arrolladores Rondeaux y Capriccio finales. El deleite fue absoluto y la aclamación unánime por parte de un público en éxtasis y completamente rendido ante esta artista fuera de serie.

Tomaría el relevo el Cuarteto Quiroga, una formación ya consagrada que se ha hecho por méritos propios con un nombre en el panorama cuartetístico internacional. Con una considerable experiencia que ha devenido en un estado de madurez visible en cada una de sus interpretaciones, mostrando ser un gran conocedor de la retórica del cuarteto, algo demostrado también por parte de uno de sus miembros, Cibrán Sierra, violinista y alma mater del cuarteto, que es autor de una interesantísima y reciente publicación en forma de libro sobre el cuarteto de cuerda, altamente recomendable. Para esta ocasión se presentaban con una perla del repertorio cuartetístico como es el denso y delicado Op. 51 nº 1 de Johannes Brahms, del que ofrecieron una cautivadora versión. Si bien su primer Allegro pudo acusar en algunos momentos cierta falta de intensidad, crecería en el 2º movimiento para alcanzar una gran profundidad expresiva en los dos tiempos restantes, unida al exquisito control de las dinámicas y la belleza de su equilibrio sonoro, con un sentido del tempo sensible a la necesidad de su carácter. Y todo ello desde el especial don interpretativo que esta formación imprime a través de su particular diálogo gestual, de una admirable energía y entrega artística. Energía quizá también acentuada por las condiciones acústicas de una sala Sinfónica no tan idónea como lo es su hermana pequeña, diseñada para albergar las sutilezas de la sonoridad camerísitca. Evidentemente la elección de la grande para este concierto respondía a otras más que justificadas necesidades, ya se sabe que a veces para ganar en algo hay que sacrificar otras cosas. Notabilísima versión en cualquier caso que mereció la ovación dispensada por un público por cierto bastante ruidoso en general, el pan nuestro de cada concierto entre móviles y toses a discreción que destrozan concentración en la audición y momentos memorables a partes iguales.

Finalmente y como no podía ser de otra manera, la gran embajadora universal del piano, que acumula una inconmensurable trayectoria de colaboraciones, y este brillante cuarteto, fundían sus fuerzas con Schumann como punto de encuentro en su inigualable Quinteto con piano en mi bemol mayor op. 44, obra entre obras en la historia del repertorio y del propio compositor alemán. Una poderosa sinergia a la que sin embargo pareció costarle hallar el equilibrio en su primer movimiento, con un piano cuya sonoridad casi arrollaba la potencia de la cuerda, algo que pareció restar fluidez al propio cuarteto en un permanente esfuerzo por conectar con Argerich, al tiempo que la gran pianista acometía su parte con la solvencia y brillantez que acostumbra, dando impulso a todo el conjunto, en una asociación que de momento advertía casi más control que complicidad mutuos. No obstante, primó su inmensa calidad artística sobre cualquier otra circunstancia respondiendo a la elevada exigencia de ese inefable y épico In modo d’una marcia. Un poco largamente, con un fraseo algo rígido en su parte inicial que evolucionaría hacia un desarrollo de una delicadeza completamente embriagadora, sobre un tempo extraordinariamente fiel a su indicación. Cualquier atisbo de duda, si es que antes hubiese existido, se despejaría en unos deslumbrantes y proteicos Scherzo: Molto vivave y Finale donde no hubo espacio para encorsetamientos y todo el conjunto ofreció lo mejor de sí logrando un verdadero torrente de expresión e intensidad en ambos movimientos. Tanto fue así que tras el final ofrecieron el Scherzo como bis ante el delirio de los asistentes, resultando si cabe una interpretación aún más redonda que la anterior y prácticamente que todo el concierto. Una versión con idas y venidas pero de una excelencia interpretativa incontestable. Quién sabe si el comienzo de una buena amistad…ojalá.

Juan Manuel Rodríguez Amaro