Audioclasica

7-XII-2016 ¡Kátharsis!

Crédito: © Antoni Bofill

BARCELONA Gran Teatre del Liceu WALTRAUD MEIER (klytämnestra), EVELYN HERLITZIUS (elektra), ADRIANNE PIECZONKA (chrysothemis), THOMAS RANDLE (aegisth), ALAND HELD (orestes), FRANZ MAZURA (el preceptor de orestes). Dirección de escena de PATRICE CHÉREAU († 2013). Director repositor: VINCENT HUGUET. Escenografía de RICHARD PEDUZZI. Vestuario de CAROLINE DE VIVAISE. Iluminación de DOMINIQUE BRUGUIÈRE. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. Director del Coro: CONXITA GARCÍA. director, JOSEP PONS. R.Strauss: Elektra, tragedia en un acto de Hugo von Hofmannstahl. Aforo: 2.292 Asistencia: 99% Nadie conoce a ciencia cierta qué era la kátharsis. Todos sabemos, por supuesto, que Aristóteles la definió en…

Crédito: © Antoni Bofill

Crédito: © Antoni Bofill

BARCELONA

Gran Teatre del Liceu

WALTRAUD MEIER (klytämnestra), EVELYN HERLITZIUS (elektra), ADRIANNE PIECZONKA (chrysothemis), THOMAS RANDLE (aegisth), ALAND HELD (orestes), FRANZ MAZURA (el preceptor de orestes). Dirección de escena de PATRICE CHÉREAU († 2013). Director repositor: VINCENT HUGUET. Escenografía de RICHARD PEDUZZI. Vestuario de CAROLINE DE VIVAISE. Iluminación de DOMINIQUE BRUGUIÈRE. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. Director del Coro: CONXITA GARCÍA. director, JOSEP PONS.

R.Strauss: Elektra, tragedia en un acto de Hugo von Hofmannstahl.

Aforo: 2.292 Asistencia: 99%

Nadie conoce a ciencia cierta qué era la kátharsis. Todos sabemos, por supuesto, que Aristóteles la definió en su Poética como la purificación espiritual que el espectador de la tragedia griega experimentaba a través del miedo y la piedad que le infundían los acontecimientos representados en escena. Pero, a pesar de que generaciones de filósofos y de filólogos se han devanado los sesos durante siglos por explicar las causas y los efectos del fenómeno a partir de tal pasaje, nadie ha sido capaz de definir con exactitud aquella extraña conjunción de depuración interior y rito colectivo que hizo de la tragedia ateniense algo mucho más trascendente que un género literario, algo irrepetible ya después del siglo IV aE. No, no sabemos qué era la kátharsis, pero, salvadas todas las distancias, quizás se pareció a lo que sentimos quienes tuvimos la inmensa fortuna de asistir al estreno de esta Elektra liceísta. Así lo indicaban, al concluir la representación, no solo los aplausos enfervorecidos –¡ah, qué diferentes de los protocolarios o de los gratuitos que tantas veces cierran representaciones igual de vacías!– sino, sobre todo, los rostros, transidos de emoción y de sorpresa, y los ojos que parecían con su brillo preguntar o preguntarse qué era aquel torbellino inefable que había sacudido su interior durante casi dos horas. La experiencia es tan difícil de describir como imposible de olvidar.

La ópera de Strauss – von Hoffmanstahl es una obra maestra, tanto en el tratamiento literario del tema clásico como en su lenguaje musical y su orquestación. El argumento procede de Sófocles, aunque en muchos aspectos el modelo sea más Eurípides, por el distanciamiento de las fuerzas divinas y la exploración psicológica de los personajes. Pero Elektra es también un título de exigencias formidables: requiere voces poderosas, no perdona interpretaciones superficiales, exige nervio en la batuta y profundidad en la escena. Y todo eso se amalgama en esta fantástica coproducción plural (Scala – MET – Aix – Staatsoper Berlin – Finnish National Opera – Liceu), firmada en lo escénico por el añorado Chéreau: no por conocida debe minusvalorarse su reggia mesurada y elocuente ni brillante dirección de actores. Y sobre ella se erige la interpretación de un elenco vocal colosal, en que incluso los coprimarios merecen el elogio más decidido –con la mínima excepción de un decepcionante Florian Hoffmann– y a la que no falta ni siquiera el ingrediente legendario de la presencia del nonagenario Franz Mazura. A pesar de lo reducido del papel, impecable resulta el Egisto de Thomas Randle y otro tanto puede decirse del Orestes de Aland Held, imponente en canto y escena.

Pero el libreto de esta Elektra se sostiene principalmente en las tres columnas de sus personajes femeninos, encarnados aquí por tres cantantes de primerísimo nivel. Decir que a Waltraud Meier el rol de Klytämnestra le recaba hoy por hoy unas prestaciones vocales que quedaron tal vez en su pasado sería incurrir en una imperdonable injusticia para con la grandeza honesta con la que ha construido su personaje. Soberbia resulta, por su parte, la Chrysothemis de Adrienne Pieczonka, de volumen y proyección sobrados y muy convincente caracterización de un papel que, gracias a ella, crece en contenido dramático. Y, pudiendo decirse infinitas cosas de la Elektra de Herlitzius, puede bastar con una: es, desde ya, la Elektra de nuestro tiempo.

Y, en buena medida, la kátharsis, la purificación, se extendió también al foso. El trabajo del maestro Pons dio en esta ocasión un rendimiento excelente y la orquesta titular –por más que reforzada en varias de sus secciones– consiguió un Strauss homogéneo pero a un tiempo matizado, en perfecto diálogo con las voces y dotado de la intensidad expresiva requerida. Ojalá que este título suponga para la orquesta y para su director un hito en el proceso de reconstrucción que tienen emprendido. Y ojalá que la impresionante kátharsis final que vivió el Liceu sirva de luz y guía para el futuro.

Javier Velaza