Audioclasica

09-XII-2016 Violonchelo heredero

Crédito: Audioclásica
ONE, Eschenbach y Pablo Ferrández reciben la ovación del público

MADRID ONE. CICLO SINFÓNICO. TEMPORADA 16/17. LOCURAS. AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. PABLO FERRÁNDEZ, violonchelo. CHRISTOPH ESCHENBACH, director. Obras de Dvořák y Schumann Aforo: 2.324  Asistencia: 99% En un ciclo como el de la ONE, en el que afortunadamente ahora más que antes, los conciertos se cuentan por presencias de prestigiosas figuras de la interpretación mundial, no podía faltar la de Pablo Ferrández. El aún joven solista, que no sólo parecía predestinado a su instrumento sino que hasta su nombre es un homenaje al que probablemente haya sido el violonchelista más grande de…

Crédito: Audioclásica ONE, Eschenbach y Pablo Ferrández reciben la ovación del público

Crédito: Audioclásica
ONE, Eschenbach y Pablo Ferrández reciben la ovación del público

MADRID

ONE. CICLO SINFÓNICO. TEMPORADA 16/17. LOCURAS.

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. PABLO FERRÁNDEZ, violonchelo. CHRISTOPH ESCHENBACH, director.

Obras de Dvořák y Schumann

Aforo: 2.324  Asistencia: 99%

En un ciclo como el de la ONE, en el que afortunadamente ahora más que antes, los conciertos se cuentan por presencias de prestigiosas figuras de la interpretación mundial, no podía faltar la de Pablo Ferrández. El aún joven solista, que no sólo parecía predestinado a su instrumento sino que hasta su nombre es un homenaje al que probablemente haya sido el violonchelista más grande de todos los tiempos, Pau Casals, se está convirtiendo a pasos agigantados en heredero directo de su leyenda. Su fulgurante trayectoria así lo refleja, con galardones de prestigio internacional como el ICMA 2016 al “mejor joven artista del año” o su logro al ser el primer español premiado en la 15ª edición del concurso Chaikovsky. Aunque su reconocimiento más importante si cabe, está en su presencia ya habitual con las agrupaciones, intérpretes y batutas más importantes de la actualidad. En estos tiempos tan dados a lo intrascendente y efímero, conviene recordar que estamos ante un verdadero fuera de serie, un intérprete cuya principal virtud, aparte de su deslumbrante capacidad musical, gira en torno a una personalidad que irradia madurez y humildad, algo que, miren ustedes por donde, es rasgo común entre los que han dejado huella en la historia.

En esta ocasión, estuvo acompañado desde el podio nada menos que por Cristoph Eschenbach, director de referencia con el que ya suma varias colaboraciones en una relación de complicidad y admiración mutua que trasladan a sus actuaciones. Dos fuerzas que se unieron ante el apasionado y siempre complejo Concierto de Robert Schumann, en una interpretación que al margen del excelente papel solista y la dirección, acusó ciertos desajustes desde la parte orquestal, con una apreciable imprecisión en los vientos que pudo provocar su desenfocado inicio entre solista y conjunto. Algo que Eschenbach supo reconducir no sin esfuerzo sobre un tempo bien ajustado. Todo mientras Ferrández abrazaba su chelo para elevarlo hacia la máxima expresión e intensidad schumanniana, pleno de sentido a través de un delicado fraseo y sublime en unas dinámicas de sonoridad aterciopelada que tal vez pudo echar en falta un mayor grado de proyección sonora de su imponente Stradivarius, sin desmerecer en absoluto el deleite ante el color único de su timbre en manos del intérprete madrileño. Una interpretación siempre fiel al carácter de lo escrito por el compositor  alemán, que dejó momentos de extraordinaria belleza, como el mágico movimiento lento, lamentablemente distorsionado por las inacabables toses, o la riqueza de contrastes del tercero, en un sensacional diálogo con el conjunto impecablemente manejado por Eschenbach. Como no podía ser de otra manera, la asistencia cayó rendida al encanto de un intérprete cuya sensibilidad y calidad artística se encuentra reservada a unos pocos elegidos. Precedida por un audible comentario de admiración desde un anfiteatro, ofreció como propina el inefable Canto de los pájaros/ Cant dels ocells (los dos días posteriores fue la Sarabande de la Suite nº3 de Bach) poniendo un emocionado nudo en la garganta a toda la sala. Maravilloso. Sin duda, la mejor sensación fue la de tener el privilegio de estar ante alguien que ha recogido el testigo del tiempo y de la historia para adueñarse de ellos en adelante.

El concierto de Schumann estuvo flanqueado por sendas obras del otro invitado de lujo a la cita, Antonin Dvořák. Del checo se pudo escuchar una efusiva y esplendorosa versión de la Obertura de Carnaval Op. 92, dirigida con rotundidad por Eschenbach a una electrizante formación, resultando probablemente la mejor interpretación en conjunto de la velada. El tríptico se completaba con ese sempiterno monumento del repertorio sinfónico que constituye la colosal novena  o sinfonía del nuevo mundo. Una versión dirigida magistralmente por Eschenbach, generoso en su modo de dar libertad a un conjunto con un gesto tan preciso como flexible, exquisito en el control de los crescendi y tutti y atento al relieve de cada plano sonoro, aunque no encontrase total correspondencia en un conjunto algo estático con ciertas imprecisiones al límite de lo permisible, pero que alcanzó momentos realmente conmovedores, con un desatacado protagonismo de los solos, entre los que casualidad o no, sobresalió el perteneciente al corno inglés en el inicio del celebérrimo Largo, soberbiamente ejecutado por Ramón Puchades, un 2º movimiento que cortó la respiración en el momento de ese silencio único en la historia del sinfonismo. Aminorando los defectos anteriores, principalmente en un viento que finalmente supo rehacerse, y con una sección de cuerda en estado de gracia, el director germano incrementó la exigencia llegando a un impecable y visceral molto vivace, que desembocaría en un cuarto y último explosivo, algo escaso de fluidez, pero completamente fiel a su indicación de carácter con fuoco por su potencia y carácter. Un grandioso final a la altura de las circunstancias, y por supuesto, de su ovacionado director.

Juan Manuel Rodríguez Amaro