Audioclasica

12-II-2017 Cuando el piano es lo único

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BARCELONA PALAU DE LA MÚSICA CATALANA GRIGORY SOKOLOV, piano. Obras de W. A. Mozart y L. van Beethoven Aforo: 2.049 Asistencia: 99% Grigory Sokolov no se permite ni la más mínima concesión a la galería. Ni en su lenguaje corporal –prácticamente inexistente–, ni en la gesticulación interpretativa –solo perceptible en algunos pasajes especialmente expresivos–, ni mucho menos en su gélida relación con los públicos. Impone una iluminación tan tenue sobre el escenario que, apenas ha comenzado a atacar las notas, parece diluirse en ella. Entonces, solo queda el piano, en quien delega Sokolov el protagonismo absoluto. Y, a pesar de…

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BARCELONA

PALAU DE LA MÚSICA CATALANA

GRIGORY SOKOLOV, piano.

Obras de W. A. Mozart y L. van Beethoven

Aforo: 2.049 Asistencia: 99%

Grigory Sokolov no se permite ni la más mínima concesión a la galería. Ni en su lenguaje corporal –prácticamente inexistente–, ni en la gesticulación interpretativa –solo perceptible en algunos pasajes especialmente expresivos–, ni mucho menos en su gélida relación con los públicos. Impone una iluminación tan tenue sobre el escenario que, apenas ha comenzado a atacar las notas, parece diluirse en ella. Entonces, solo queda el piano, en quien delega Sokolov el protagonismo absoluto. Y, a pesar de ello, es imposible imaginar una forma más sutil y hermosa de encandilamiento que la que él provoca, al filo de la hipnosis.

De su pianismo se ha escrito ya tanto que solo conviene reiterar sus inagotables virtudes: su impecable fraseo –construido sobre un sabio equilibrio de gráciles tensiones–, la sensibilidad precisa con que aborda los diferentes lenguajes, en fin, su exquisitez técnica decantada en cada nota. En el Mozart que centró la primera parte del concierto –la Sonata en Do mayor KV 545, la Fantasía en Do menor KV 475 y la Sonata en Do menor KV 4557– subrayó los elementos más irónicos y dramáticos de las tres páginas y profundizó, sobre todo en los tempi más pesados, en el claroscuro de sus tonalidades. Con Beethoven –la Sonata en Mi menor n. 27 op. 90 y la Sonata en Do menor, n. 32, op. 111, interpretadas sin pausa– puso de manifiesto magistralmente los diálogos de voces y articuló un discurso intenso pero contenido, con lugar también para un prodigioso virtuosismo en pasajes como los trinados de las variaciones de la Arietta. Una generosa serie de propinas incluyó, como suele ocurrir, a Schubert, Chopin y Schumann y levantó de sus asientos a un público entregado, no a las alharacas o al postureo que exhiben muchos de sus colegas, sino a la autenticidad y al decoro de un maestro con mayúsculas.

Javier Velaza