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20-II-2017 Único, infinito, íntimo, colosal…Sokolov

Crédito: Audioclásica
El pianista Grigory Sokolov saluda al término de su recital en Madrid

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA GRIGORY SOKOLOV, piano Obras de Mozart y Beethoven Aforo: 2.324  Asistencia: 95% Quizá bastaría con las palabras del titular para resumir no ya su gigantesco recital en el Auditorio Nacional, sino lo que a día de hoy Grigory Sokolov representa para su instrumento y para la interpretación. Quizá se agoten los elogios, pero nunca la capacidad de asombro que los provoca ante el infinito don de este colosal prócer del piano. Un absoluto primus inter pares, probablemente el mayor pianista vivo de nuestra historia reciente…

Crédito: Audioclásica El pianista Grigory Sokolov saluda al término de su recital en Madrid

Crédito: Audioclásica
El pianista Grigory Sokolov saluda al término de su recital en Madrid

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

GRIGORY SOKOLOV, piano

Obras de Mozart y Beethoven

Aforo: 2.324  Asistencia: 95%

Quizá bastaría con las palabras del titular para resumir no ya su gigantesco recital en el Auditorio Nacional, sino lo que a día de hoy Grigory Sokolov representa para su instrumento y para la interpretación. Quizá se agoten los elogios, pero nunca la capacidad de asombro que los provoca ante el infinito don de este colosal prócer del piano. Un absoluto primus inter pares, probablemente el mayor pianista vivo de nuestra historia reciente y uno de los más grandes de todos los tiempos. Tal es la razón por la que para esta revista resultaba imposible limitarse a reseñar tan sólo uno de los conciertos de su gira española, como fue el ofrecido en Barcelona, sobre todo tratándose del último, en Madrid, dentro del Ciclo de Grandes Intérpretes y con el que Sokolov guarda una muy especial relación, tras tantos años casi fijo en su programación, honrando al mismo con una generosidad artística que no conoce límites ni precedentes, como volvió a demostrar ante el díptico titánico constituido por Mozart y Beethoven.

Se antoja difícil ser breve para reflejar todo cuanto el insigne pianista ruso muestra en cada una de sus interpretaciones, en las que desaparece como un mago elevando el piano y la música por encima de todo y de sí mismo. Pero es que esta vez hubo además un aspecto diferenciador, en el que se pudo percibir un carácter más personal si cabe en su manera de interpretar, siempre desde un incorruptible respeto hacia la partitura. Una percepción que él mismo advierte como reflexión tal y como rezaba en la introducción a las notas del programa: “Tú respetas la partitura, pero lo importante es lo que puedes sacar desde dentro del espíritu de esa partitura”.

Algo visible ya en la inicial, y sorprendente en cierta medida por su presencia, Sonata en Do mayor K.545. Esa pequeña perla del genio salzburgués, de aparente sencillez e ingenuidad con la que Sokolov jugó literalmente a través de gráciles adornos y giros melódicos de carácter improvisatorio, dejando intacta su prístina linealidad sobre una impecable articulación y un luminoso equilibrio dinámico. Su infinita virtud para ahondar en las posibilidades expresivas de la obra le otorgó a ésta un mayor relieve interpretativo, que condujo también a una intrigante y sugestiva elección de los tempi, como sucedió en el comienzo del casi etéreo Rondó final. Un refrescante precedente antes de adentrarse sin tregua en las profundidades del Do menor mozartiano, con una solemne versión de las habitualmente unificadas Fantasía K.475 y Sonata K. 457 en las que Sokolov penetró sin concesiones en su hondura dramática y poética. Todo desde una sonoridad cuidada al límite de lo posible, reforzada por el modo de pausar el fraseo, dando más gravedad así a una expresión en la que cada pasaje cobraba su verdadera dimensión. A la sobriedad del tempo, para que nada pasara por alto, se le sumaría la densidad de un delicado lirismo, memorable en el 2º movimiento de la Sonata, momento en el que además se pudo advertir un estado de especial inspiración en el Maestro de San Petersburgo para mayor deleite del público, absorto por su magnetismo hipnótico. Una constante lección magistral de interpretación que condujo hasta lo sublime en su lectura de las dos sonatas beethovenianas posteriores.

Sumergido en el espíritu del coloso de Bonn, bajo una concentración suprema, sin alarde alguno y siempre con la música como única protagonista, alumbró una modélica y menos frecuentada de lo deseable Sonata en Mi menor nº27 Op. 90. Sokolov lograba exprimir hasta la última nota de su inmenso calado expresivo, siendo capaz una vez más de conjugar su reveladora visión y el sentido que la obra misma posee. Todo envuelto dentro de una inigualable belleza tímbrica compuesta por dinámicas de ensueño. Sin pausa y con mayor intensidad aún, afrontó ese testimonio eterno que supone la Nº 32 Op. 111 en Do menor, última del corpus. Un primer movimiento contundente al tiempo que equilibrado, desde una soberbia firmeza rítmica, dejó paso a una Arietta tan agitada por su animado tempo como grandiosa por la indescriptible y conmovedora profundidad percibida desde el tema a cada variación. Cuando la sabiduría y la genialidad unen sus fuerzas, sólo cabe rendirse ante ellas, como así sucedió. Insuperable.

Pero por si hubiera sabido a poco, Sokolov, al calor de una asistencia enfervorecida,  encadenaba hasta seis propinas, en lo que ya constituye su particular y habitual tercera parte del concierto. La maravillosa selección, de corte intimista, contó con la presencia de Schubert, Schumann, Rameau y Chopin, del cual, la última de ellas, fue el Preludio Op. 20 en Do menor, que resultó un solemne final para un concierto que la Fundación Scherzo quiso dedicar a la memoria del tristemente desaparecido José Luis Pérez de Arteaga, maestro insustituible de la comunicación musical al cual estas humildes líneas se suman con el mayor de los respetos y admiración. Era difícil imaginar mejor homenaje, aunque inesperado, como el dispensado por el ciclo con Grigory Sokolov. Inolvidable.

Juan Manuel Rodríguez Amaro