Audioclasica

27-III-2017 Un ejemplo de honestidad

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  MADRID REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO. MÚSICA ACTUAL PARA DÚO DE SAXOFÓN Y PIANO. KAYOKO MORIMOTO, piano. ANDRÉS GOMIS, saxos. Obras de John Williams, Alfonso Ortega y Ryota Ishikawa Aforo: 228 Asistencia: 90% Dentro del ciclo de conciertos matinales que se llevan a cabo en el Auditorio de la centenaria  Academia de Bellas Artes de San Fernando, el pasado día 28 de marzo pudimos asistir a un recital presentado bajo calificativo de didáctico, pero de enorme interés para cualquier tipo de público. En un principio, acudimos atraídos por un estreno absoluto del compositor Alfonso Ortega Lozano, así…

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Andrés Gomis y Kayoko Morimoto. Crédito: Real Academia Bellas Artes.

 

MADRID

REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES DE SAN FERNANDO. MÚSICA ACTUAL PARA DÚO DE SAXOFÓN Y PIANO.

KAYOKO MORIMOTO, piano. ANDRÉS GOMIS, saxos.

Obras de John Williams, Alfonso Ortega y Ryota Ishikawa

Aforo: 228 Asistencia: 90%

Dentro del ciclo de conciertos matinales que se llevan a cabo en el Auditorio de la centenaria  Academia de Bellas Artes de San Fernando, el pasado día 28 de marzo pudimos asistir a un recital presentado bajo calificativo de didáctico, pero de enorme interés para cualquier tipo de público. En un principio, acudimos atraídos por un estreno absoluto del compositor Alfonso Ortega Lozano, así como por el prestigio de los intérpretes que habían de dar vida a tal estreno, pero el concierto deparaba algunas sorpresas. En primer lugar, nos sorprendió encontrarnos con un programa aparentemente ecléctico que reunía obras de John Williams (celebérrimo autor norteamericano de bandas sonoras), del mencionado compositor madrileño Alfonso Ortega y del joven japonés Ryota Ishikawa. La segunda sorpresa pasó por el magnífico estreno del que hablaremos seguidamente. También hay que destacar la calidad interpretativa y el perfil del público: heterogéneo, pero dominantemente joven.  La explicación la encontramos en que un centro de educación secundaria había programado (concienzudamente, ya que incluso vinieron pertrechados con algunas partituras) la asistencia al concierto como complemento de la formación musical de los estudiantes, y estos ocupaban casi la mitad de las butacas. De cualquier manera, cabe hacerse la pregunta ¿Alguien ha visto en este país un auditorio de medianas dimensiones y en el que se programe música contemporánea (académica, se entiende) prácticamente lleno y con un público receptivo? Analicemos detalladamente lo que pudimos ver y oir.

Escapade (en los movimientos Closing In y Reflections) de John Williams es un arreglo para la formación que ahora nos ocupa realizada por el propio autor a partir de la música de la película Catch me if you can (Atrápame si puedes) que por su aproximación al  género jazzístico resulta singular dentro de la producción de Williams. No es, ni mucho menos, la música funcional a la que nos tiene acostumbrados, y buena prueba de ello es que se decidiese a adaptarla para dúo. Con tal apertura de programa, Kayoko Morimoto y Andrés Gomis cautivaron instantáneamente al público. Además, hay que añadir un acertadísimo y relajado tono en la presentación del concierto que resultó del trasiego de intérpretes y compositor, quienes subían y bajaban del escenario para repartir partituras, presentar el estreno, dialogar, etc. Una cercanía honesta y natural y efectiva. Desde luego, y según hemos podido comprobar en alguna otra ocasión, la vocación pedagógica del saxofonista es manifiesta, y se suma a la de Kayoko Morimoto, quien hizo alarde de sencillez, desinhibición y dotes comunicativas al introducir cada una de las obras.

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Los intérpretes, bajo palio, y auspiciados por la presencia de Felipe V, durante el recital. Crédito: Real Academia Bellas Artes.

 

Hanshakou Kôbô (Fábrica de reflejos) de Alfonso Ortega Lozano fue la obra de estreno y plato fuerte del concierto. Estructurada en tres movimientos 1. Hanshakou Generator (Generador de reflejos) 2. Shukakushitsu (Sala de recolección) y 3. Tenjishitsu (Sala de exposiciones), está envuelta de una poética y misticismos tan hermosos y penetrantes como exóticos. La obra se inspira en la tradición literaria y musical japonesa al tomar prestada de ella como -punto de partida- tanto los evocadores títulos que anticipan lo que la escucha nos habría de ofrecer, como los materiales escalísticos y diseños rítmicos propios del repertorio de música tradicional nipona. No consideramos pertinente entrar en detalle ni parafrasear al autor, quien nos ofreció unos magníficos textos en el programa de mano, los cuales se pueden consultar ampliados online. Por descontado, en una primera audición no podemos tratar de penetrar en los secretos arquitectónicos y estructurales de la composición (o sólo limitadamente), aunque cabe decir que tras una escucha limpia y sin prejuicios, podemos afirmar que Hanshakou Kôbô funciona. Es conmovedora, es poderosa, es seductora y es original en muchos aspectos. Al oírla pasamos de estados de gran intimidad sonora a otros de conmovedora energía y agitación. Algunos momentos de especial potencia los encontramos en el segundo movimiento en que Ortega dispone simultáneamente de los saxos alto y soprano (éste último preparado para una afinación concreta) para tratar de evocar acertadamente y con gran dramatismo el órgano de boca Shô. La teatralidad de Gomís, entendida en el buen sentido de la expresión, tañendo ambos instrumentos como si de un aulós griego se tratase fue uno de los momentos culminantes, sin duda.

Aquí se manifestó en plenitud el alto nivel de los intérpretes, ya que quedó en evidencia que su entendimiento mutuo, el del material musical que manejan o la calidad de su sonido son muy, muy profundos. Baste citar algunos ejemplos como unos apabullantes y perfectos unísonos ejecutados a velocidad vertiginosa, una capacidad de fusionar timbres que generaba la ilusión acústica de que –en los crescendos que partían de pianissimo– el sonido del saxofón emanaba del propio piano, una gran claridad de articulación, una adecuada adaptación a la acústica reverberante del auditorio, etc. Tema aparte sería el del dominio impecable de recursos propios del lenguaje de “vanguardia” como los multifónicos, frulatti, vibrati, etc. No se nos ocurre mejor contexto para asistir al nacimiento de una obra. Esperemos poder vela programada en más ocasiones.

Raphsody on Japanese Folk Songs de Ryota Ishikawa resultó -desde un punto de vista compositivo, y a gran distancia de las demás-, la menos interesante de las tres que integraron el programa. Se trata de un popurrí de canciones tradicionales japonesas (de un folklore reciente) armonizadas en estilo occidental y tonal.  A pesar de ello, resultó acertadísima su inclusión, habida cuenta de la necesidad de equilibrar tras asistir a un lenguaje tan “duro” como el de Ortega (nos ponemos en la piel de los jóvenes oyentes).

En definitiva, no cabe duda de que éste es un modelo de concierto a imitar en toda su estructura: acertada selección del programa, magnífica presentación e introducción del mismo, un estreno de lujo, unos de los mejores intérpretes del panorama actual en el campo que nos ocupa, un público entregado, etc. Quizá, algún día, si tomamos nota de iniciativas como esta, consigamos regresar de nuevo al camino que se bifurcó, cien años ha, al producirse el famoso divorcio entre público y compositores…

Raúl Jiménez