Audioclasica

1-IV-2017 Händel en la cajita de música

Detalle de escena

Madrid Temporada de Ópera. Teatro Real SABINA PUÉRTOLAS, Rodelinda. XABIER SABATA, Bertarido. JUAN SANCHO, Grimoaldo. LIDIA VINYES CURTIS, Eduige. CHRISTOPHER AINSLIE, Unulfo. JOSÉ ANTONIO LÓPEZ, Garibaldo. ORQUESTA TITULAR DEL TEATRO REAL. IVOR BOLTON, director. Producción de CLAUS GUTH. G.F. Händel: Rodelinda. Aforo: 1.746 Asistencia: 95 %   El Teatro Real se apunta el tanto del estreno español de este bello título händeliano, situado en la frontera que separa los más populares de su autor en nuestros días (Julio César, Alcina, Rinaldo, etc.) de las rarezas, pero que ha recibido un decido impulso durante los últimos años, en los que ha llegado a introducirse…

Detalle de escena

Escena de Rodelinda de G.F. Händel en el Teatro Real, con dirección escénica de Claus Guth (crédito fotográfico: Javier del Real).

Madrid

Temporada de Ópera. Teatro Real

SABINA PUÉRTOLAS, Rodelinda. XABIER SABATA, Bertarido. JUAN SANCHO, Grimoaldo. LIDIA VINYES CURTIS, Eduige. CHRISTOPHER AINSLIE, Unulfo. JOSÉ ANTONIO LÓPEZ, Garibaldo. ORQUESTA TITULAR DEL TEATRO REAL. IVOR BOLTON, director. Producción de CLAUS GUTH.

G.F. Händel: Rodelinda.

Aforo: 1.746 Asistencia: 95 %

 

El Teatro Real se apunta el tanto del estreno español de este bello título händeliano, situado en la frontera que separa los más populares de su autor en nuestros días (Julio César, Alcina, Rinaldo, etc.) de las rarezas, pero que ha recibido un decido impulso durante los últimos años, en los que ha llegado a introducirse en un repertorio tan poco permeable como el del Metropolitan neoyorquino. La razón de esta relativa marginalidad puede explicarse en el limitado juego escénico que permite su libreto, una sucesión de tramas palaciegas de lento desarrollo y que no cuenta con localizaciones (o cambio de ellas) exóticas ni personajes fantásticos que puedan animar la acción.

Quizá consciente de esta limitación, y no dispuesto a forzarla, el director de escena Claus Guth -que había logrado un importante tanto con su Parsifal de la temporada pasada- sitúa el foco de la acción en el mundo interior del único personaje de la obra que no canta -Flavio, hijo de Rodelinda- convirtiéndolo en su protagonista, como mudo testigo de una sorda lucha de poder que es incapaz de comprender. Los personajes principales, doblados por actores caracterizados como espectros burtonianos (por Tim), atormentan así al infortunado infante sin que ni siquiera el lieto fine consiga poner punto final a sus pesadillas.

La solución es incontestablemente original y poética, pero al renunciar a exprimir la trama, Guth se arriesga a contarnos una historia en la que siempre pasa lo mismo y nunca pasa nada, confiando en exceso en que la parte musical levante el vuelo del espectáculo. Apuesta arriesgada, teniendo en cuenta la longitud de la partitura -unas tres horas- y el error de cálculo consistente en “enfriar” la escena a niveles árticos con la elección del blanco y negro -al igual que la célebre producción de Glyndebourne de 1998 disponible en vídeo- como gama fundamental tanto de decorado como de vestuario.

Dispuestas las cosas de este modo, quedó a merced de la parte musical la posibilidad de elevar la temperatura del espectáculo a un nivel adecuado, algo que se consiguió solo a medias. Empezando por la orquesta, Ivor Bolton realizó su cometido con la habitual disciplina y entusiasmo, obteniendo de la orquesta un resultado (y un estilo) satisfactorio, pero faltó imaginación, y como resultado la obra rodó de forma harto previsible y sin destellos. Los artistas del segundo reparto atendieron sus roles con profesionalidad y -en el caso del trío protagonista- con significativas dosis de carisma. Puértolas satisfizo todos los registros de su mastodóntico rol -de hasta cuatro arias por acto-; Sábata propinó unas cuantas lecciones de estilo desde su entrada en el accompagnato “Pompe vane di morte” (quizá lento en exceso) y Sancho prestó solidez y relieve al ingrato rol de Grimoaldo. Lo lamentable del caso -quizá culpa nuestra- es que esperábamos más, y que pese a estos materiales, la rondinella dio la sensación de no levantar vuelo del todo. Quizá se debió a que había sido “scacciata dal suo nido”, pero eso sería muy difícil de demostrar.

RAFAEL FERNÁNDEZ DE LARRINOA