Audioclasica

09-V-2017 Sobriedad romántica

Crédito: Audiclásica.com
Christian Zacharias saluda a la finalización de su concierto en el Auditorio Nacional de Música de Madrid

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA 09-V-2017 CHRISTIAN ZACHARIAS, piano Obras de Schubert, Beethoven y Schumann. Aforo: 2.324  Asistencia: 60% No es Christian Zacharias un intérprete dado a los tentadores derroteros del lucimiento, de los que diverge diametralmente, sino que pertenece a esa clase de músicos entregados a su causa, en un constante ejercicio de introspección que le ha llevado principalmente a explorar con minuciosidad el repertorio clásico y romántico, de los cuáles es un intérprete de referencia indispensable. Y de ello volvió a dejar palmaria constancia en su regreso al…

Crédito: Audiclásica.com Christian Zacharias saluda a la finalización de su concierto en el Auditorio Nacional de Música de Madrid

Crédito: Audiclásica.com
Christian Zacharias saluda a la finalización de su concierto en el Auditorio Nacional de Música de Madrid

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

09-V-2017 CHRISTIAN ZACHARIAS, piano

Obras de Schubert, Beethoven y Schumann.

Aforo: 2.324  Asistencia: 60%

No es Christian Zacharias un intérprete dado a los tentadores derroteros del lucimiento, de los que diverge diametralmente, sino que pertenece a esa clase de músicos entregados a su causa, en un constante ejercicio de introspección que le ha llevado principalmente a explorar con minuciosidad el repertorio clásico y romántico, de los cuáles es un intérprete de referencia indispensable. Y de ello volvió a dejar palmaria constancia en su regreso al ciclo de Scherzo, una de sus “casas” en el marco de una de las agendas más intensas del panorama, si se añade su abundante tarea como director. Esta vez, su propuesta, de evidente signo germano romántico, con la forma sonata como trasfondo protagonista, posó su mirada en obras menos frecuentes de sus compositores, sobre todo en los casos de Schubert y Schumann. El reflorecimiento o quizá florecimiento definitivo que en los últimos lustros ha alcanzado afortunadamente la música de Schubert, se ve refrendada por la búsqueda de aquello que hasta ahora solía acumular el polvo del olvido en beneficio de unos hits justificadamente trillados, pero dentro de un catálogo que por inmenso demandaba mayor atención, también cómo no, en lo que respecta a su corpus sonatístico. Si en la cita anterior Javier Perianes deleitó con la Sonata en La mayor D. 664, Zacharias deslumbraría a la una vez más poco abultada asistencia con una maravilla de juventud del vienés, la Sonata nº 4 en La menor D. 537.

El intérprete germano de origen hindú, puso de manifiesto su característica exquisitez en el cuidado de una sonoridad límpida y colorida, atenta a cada matiz, con primorosos pianissimi, y precisa en cada plano, que conjugaría con un fraseo ágil y natural, dentro de un tempo elegante en su leve rubato y fielmente ajustado a su indicación original. Todo bajo un excepcional sentido unitario en el desarrollo de la obra, audible en el modo de transitar entre secciones, que dentro de su peculiar modo de enfrentarse al teclado, dejó patente su condición como director. Un exhaustivo conocimiento de la partitura canalizado a través de una prístina sencillez en la expresión, no exenta de profundidad, como bello reflejo de esa mocedad schubertiana. Un magnífico ejemplo de lo escuchado fue el resplandeciente y sutil cantabile del inspirado movimiento intermedio y el impetuoso pero no arrebatado impulso del Allegro vivave final. Perfecto equilibrio y delicadeza con los que Zacharias rubricó un Schubert sensacional.

La luminosidad del austríaco dejaba paso a la enjundia beethoveniana en sendas sonatas del genio de Bonn, con una poderosa Nº 27 op. 90 en Mi menor, que también fue ofrecida recientemente en el ciclo por Sokolov, y una no menos imponente Nº 30 op. 109 en Mi mayor. Ambas menos comunes si cabe en los programas que sus homónimas de catálogo, pero que comienzan ahora a encontrar su merecido espacio en el repertorio, algo muy de agradecer sobre todo si obtienen versiones tan sobresalientes como las ofrecidas por Zacharias en esta velada. En sus propias palabras, alude al propósito de intentar transmitir la esencia de la música, presentarla como un lenguaje para contar historias, mostrar lo que hay oculto detrás de las notas. Y sin duda su interpretación mostró a las claras la materialización de su idea, apuntando sin alharacas a la esencia y pureza expresiva del compositor alemán, plena de sentido y carácter. Algo reforzado de nuevo por el plano tímbrico, al que Zacharias dotó de la dimensión orquestal que el piano de Beethoven posee, sobre un brillante manejo de los contrastes dinámicos. Todo desde una impecable fluidez en la que cada pasaje cobraba su verdadero relieve expresivo, extraordinariamente emotivo en el tema y variaciones finales de la op. 109 en las que el único “pero” estuvo en un tempo y fraseo quizá menos ágiles de lo deseable. Sin embargo la discreta ovación de la asistencia al descanso ensombreció la buena impresión de la primera parte,  justo cuando cabía cierto regocijo por el comportamiento desusadamente correcto de la misma, algo que después volvería desgraciadamente por sus fueros tras la pausa,  para acompañar con la habitual colección de ruidos la juvenil y arrolladora Davidsbündlertänze op.6 de Robert Schumann.

Otra colección de piezas casi inédita en los programas y grabaciones, y que Zacharias conserva desde tiempos remotos en su repertorio. Un absoluto tour de force pianístico, de una compleja densidad musical y exigencia técnica difícilmente comparables en toda la producción schumanniana y sin temor a exagerar, en todo el piano romántico. De nuevo, Zacharias se mimetizó con el estilo y el carácter de la obra para alternar esta vez con la doble personalidad de su compatriota, entre Eusebius y Florestán, a lo largo de las 16 piezas que componen la serie y que justifican el concepto de “piezas de carácter” llevándolo a su máxima significación primigenia. Una soberbia traducción en la que con acierto,  prescindió de pausas entre sus respectivos números. Una solución idónea que imprimió una mayor consistencia argumental dentro de la relación establecida entre cada una de ellas, y que permitió apreciar la evolución en el diálogo de sus protagonistas, con una música que hablaba por sí sola en manos del maestro alemán. Un diálogo en el que confrontó magistralmente la exuberancia rítmica de un pasional Florestan, frente a la contención lírica de Eusebius. Un auténtico festival de timbres e intensidades, a la luz de una articulación situada en la frontera de lo insuperable que desembocaría en un sublime final ante el cual el público tuvo necesariamente que mostrar su admiración, correspondida, no sin cierta desgana, con propinas del propio Schumann y el Padre Soler. Zacharias puede llegar a resultar un intérprete circunspecto e incluso aséptico, y probablemente no fuera un recital realmente memorable, pero ante él se tiene la completa certeza de estar ante un intérprete que siempre aporta un aspecto o perspectiva, sea cual sea. Un nombre consagrado ya en la lista de las leyendas de la interpretación mundial, que siempre es sinónimo de sencillez, fidelidad, pulcritud, equilibrio y sobriedad, en esta ocasión además, romántica.

Juan Manuel Rodríguez Amaro