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El primer teorema de la crítica musical

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El flamante ridículo protagonizado por el representante de España en el pasado Festival de Eurovisión ha generado –como no podía ser menos en esta portería global que son las redes sociales– una avalancha de reacciones de lo más variopinta. Lo novedoso del caso ha sido encontrar esta vez firmas ilustres analizando las causas últimas de este daño irreparable para la marca nacional, entre las que no ha faltado ni siquiera algún despierto profesor de conservatorio superior (para más señales, de Córdoba) que ha trasladado al sistema educativo (enseñanzas musicales, se entiende) toda la culpa del bochornoso trance. Resumiendo, hemos asistido…

El flamante ridículo protagonizado por el representante de España en el pasado Festival de Eurovisión ha generado –como no podía ser menos en esta portería global que son las redes sociales– una avalancha de reacciones de lo más variopinta. Lo novedoso del caso ha sido encontrar esta vez firmas ilustres analizando las causas últimas de este daño irreparable para la marca nacional, entre las que no ha faltado ni siquiera algún despierto profesor de conservatorio superior (para más señales, de Córdoba) que ha trasladado al sistema educativo (enseñanzas musicales, se entiende) toda la culpa del bochornoso trance. Resumiendo, hemos asistido a una deconstrucción total de esos apenas tres minutos de surrealista exhibición canora desde todos los puntos de vista posibles: artísticos, mediáticos, económicos, éticos, psicológicos y hasta geopolíticos.

Todo esto me da mucha envidia pues, como crítico musical de un medio (digamos) responsable, no me siento autorizado a salirme por la tangente cada vez que asisto a un concierto y me parece, no ya malo, sino simplemente normal o decididamente aburrido. En estos circuitos hay unas reglas no escritas, unos estatus adquiridos, y los arrebatos de sinceridad pueden arrojar al estiércol una aseada imagen pública labrada tras décadas de rigurosa disciplina. Además hay que llenar la dichosa columna, no basta con despachar la crítica con un escueto “soporífero concierto” o “uno del montón”. Cierto que disponemos de una innumerable e imaginativa colección de subterfugios (“honesta interpretación”, “trabajo voluntarioso y digno de encomio”) y de lapidarias frases (“cada detalle es relevante, cada parámetro está definido en cada instante”, rematadas con un demoledor “y sí, efectivamente el Nono tardío está presente: pero como evocación, no como cita”, leía yo el otro día). Pero todos estos trucos no consiguen sino posponer un necesario debate acerca de la estrechez de los márgenes de opinión que los críticos nos autoimponemos en aras de preservar nuestra pequeña honra. Intentémoslo.

Iniciaremos el debate proponiendo un teorema: “Cuanto más minoritario es un género musical, más improbable es que suscite una crítica negativa”. El por qué de esta gran verdad radica, por un lado, en que la crítica negativa podría hacerte pasar por un ignorante (“si no te gusta, ¿a qué has venido?, ¿y tú qué sabrás de esto?”). Si insistieras en hacer valer tus conocimientos, el dilema entraría de lleno en una dimensión moral. Es decir, estos pequeños circuitos apenas se sostienen con el entusiasmo de unos pocos y el dinero de unos muchos (subvenciones o, en el mejor de los casos, patrocinios). Entonces, ¿emplearás tu discutible autoridad para desacreditar aquello que amas, poniendo tu granito de arena para erosionar la poca confianza que aún debe quedar a sus gestores acerca del valor cultural de su trabajo? O peor ¿darás a entender que escribes espoleado por la envidia, o por el resentimiento del músico frustrado?

Quod erat demostrandum.

Rafael Fernández de Larrinoa