Audioclasica

02-VI-2017 La música extremada…

Crédito: Michal Novak
El acordeonista Iñaki Alberdi.

MADRID ONE. CICLO SINFÓNICO. TEMPORADA 16/17. LOCURAS. ORGULLO ACORDEÓN AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. IÑAKI ALBERDI, acordeón. ELENA DE LA MERCED, soprano. JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ, tenor. ALFREDO GARCÍA, barítono. JUANJO MENA, director. Obras de Falla, Torres y Elgar Aforo: 2.324  Asistencia: 95% “El aire se serena, y viste de hermosura y luz no usada, Mena, Alberdi, de la Merced, Serrano y García, cuando suena, la música extremada, por vuestra sabia mano gobernada”. Valga esta licencia tomada sobre el inicio de la célebre Oda a Salinas escrita por Fray Luis de León, para significar…

Crédito: Michal Novak El acordeonista Iñaki Alberdi.

Crédito: Michal Novak
El acordeonista Iñaki Alberdi.

MADRID

ONE. CICLO SINFÓNICO. TEMPORADA 16/17. LOCURAS. ORGULLO ACORDEÓN

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

ORQUESTA NACIONAL DE ESPAÑA. IÑAKI ALBERDI, acordeón. ELENA DE LA MERCED, soprano. JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ, tenor. ALFREDO GARCÍA, barítono. JUANJO MENA, director.

Obras de Falla, Torres y Elgar

Aforo: 2.324  Asistencia: 95%

“El aire se serena, y viste de hermosura y luz no usada, Mena, Alberdi, de la Merced, Serrano y García, cuando suena, la música extremada, por vuestra sabia mano gobernada”. Valga esta licencia tomada sobre el inicio de la célebre Oda a Salinas escrita por Fray Luis de León, para significar la magnífica sesión ofrecida por la ONE gracias a la verdadera alianza de talentos reunida para esta ocasión. Un extraordinario elenco de intérpretes nacionales de contrastada proyección y trayectoria que dejaron sobrada constancia de ello y que el ciclo agrupó bajo el acertado epígrafe de Orgullo Acordeón, instrumento que sería protagonista central de la velada.

Tal es el motivo por el que Jesús Torres asistía a una nueva interpretación de su concierto para acordeón y orquesta, estrenado en 2004. El aragonés, Premio Nacional de Música en 2012, es uno de los compositores más destacados de nuestro panorama actual, independiente y original al tiempo que conocedor de la tradición, con la escuela de los que anteponen la idea a los meros recursos. Un creador con oficio y destellos de genialidad en cuyo extenso catálogo destaca este sugerente concierto. Una obra que comienza a superar la barrera del tiempo con la dificultad que conlleva para la creación más reciente, teniendo en cuenta que la mayoría de obras estrenadas hoy lamentablemente van poco más allá del día de su estreno. Una composición que además posee un registro efectuado en 2015, cómo no a manos de su destinatario, bajo el sello de la propia ONE, dirigida en aquel momento por Nacho de Paz.

La oportunidad de volver a escucharla en vivo permitió trazar una línea de su evolución de entonces a hoy, con un resultado muy favorable hacia una obra alejada de lo preconcebido y fundamentada en el elemento expresivo más puro. Todo capitaneado por un instrumento solista cuyo crecimiento ha sido notable y clave en los últimos tiempos para la creación contemporánea. Más aún si su destinatario es un intérprete de la talla de Iñaki Alberdi. No es habitual encontrar  una conjunción tan idónea entre compositor, obra e intérprete. El acordeonista vasco es un ejemplo de elegancia musical, un intérprete integral que siente y conoce su instrumento realmente como pocos. Y así volvió a demostrarlo firmando una fastuosa interpretación de una obra caracterizada por un virtuosismo extremo en su parte solista, y que Alberdi abordó con asombrosa naturalidad y fluidez, abriéndose paso ante la contundente maraña orquestal tejida por Torres y nítidamente empastada por la experta batuta de Juanjo Mena. Un deleite de sonoridades e intensidades impulsado por todo el conjunto para reflejar fielmente cada uno de los episodios de carácter por los que transita la partitura, a la luz de indicaciones tales como dramático, apasionado, tumultuoso, exaltado o voluptuoso, y entre las cuales se hallaban intercaladas las seis cadencias solistas que Alberdi aprovechó para terminar de desplegar su deslumbrante potencial interpretativo, casi al límite de lo posible.

Lástima que el prejuicio imperante por lo nuevo, o casi nuevo, impidiese obtener una mayor apreciación y reconocimiento por parte del público ante una interpretación y un concierto, con su compositor presente en la sala, que reivindica en justicia un puesto en el repertorio. Para despejar cualquier posibilidad de duda, Alberdi se despachó con una inefable propina de Piazzolla, presente en su último y muy recomendable disco Sensations, acompañado por un cuarteto de cuerda integrado en la orquesta, una maravilla por la que la asistencia se vio irremediablemente obligada a dispensar de una vez por todas una más que merecida y cerrada ovación. Si se permite la reflexión, la cuestión es que si en plena vorágine de venenos melódicos populacheros, los fieles de la cultura musical no arropan la evolución de ésta y a sus creadores vivos, cometerán de nuevo el eterno error de no aceptarlos y venerarlos hasta que no cumplan medio siglo al otro lado de la existencia, como siempre ha sucedido incluso en los casos más célebres. Ya va siendo hora de abandonar esa mentalidad que más allá del respetable gusto personal, es prisionera de un prejuicio que corrompe la capacidad de apreciar la belleza y el sentido natural de las cosas.

Precediendo al concierto de Torres, se pudo escuchar una deliciosa versión del mirífico El Retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla. Mena exhibió una sólida dirección, bien compensada en un plano tímbrico preciso y atento a los detalles de la sutil escritura del genio gaditano, con especial gracejo en el apartado rítmico. Todo a favor del carácter llano de una expresión no exenta de intensidad dramática y fluida en la transición de los diferentes cuadros. Una interpretación que en todo caso tuvo su indiscutible referente en el papel de un trío vocal que brilló a gran altura en la línea declamada y teatral de sus voces, en una obra no destinada al mero lucimiento canoro pero de gran exigencia expresiva y técnica. La soprano Elena de la Merced, bordó su papel a través de una emisión clara y refinada, evitando esas estridencias tan comunes en este rol. Las voces masculinas no le fueron a la zaga, excelente el carácter, el color y la firmeza en su proyección del tenor José Manuel Sánchez e imponente la contundencia expresiva mostrada por el corpóreo registro del barítono Alfredo García. Una pena que en determinados momentos, el plano vocal se viera ciertamente oscurecido por la parte instrumental, sobre todo desde el metal. Una anécdota en todo caso comparada con el resultado conjunto, en el que desatacaron de manera especial momentos como la Sinfonía de Maese Pedro, el solo del concertino en Pirineos, o los cuadros Fuga y Persecución finales. Un regalo para los sentidos que a pesar de todo, gozó de una recepción más bien discreta desde las butacas de la Sala Sinfónica.

Como colofón a la cita, Mena tomaría el mando ya en solitario de la mano de esa joya sinfónica que son las Variaciones Enigma, de Edward Elgar. El también Premio Nacional de Música en 2016 y titular de la BBC Philarmonic, no escatimó en esfuerzos para completar una versión que salvando algún altibajo, resultaría modélica. El director vitoriano posee la virtud de dirigir compartiendo su tarea como un miembro más de la formación, haciendo gala de un gesto sencillo y acorde a la necesidad y carácter de la música que dirige, sin perder un ápice de claridad y precisión.

Su batuta no dejó nada al descuido, sobresaliente en los contrastes de tempo y dinámicas de suma delicadeza tímbrica que hizo deslizar a través de un ágil fraseo. Todo lo cual derivó en una expresión profunda de un compensado lirismo y creciente intensidad a lo largo de sus respectivas variaciones, alcanzando evidentemente su clímax en la solemne e identitaria 9ª variación Nimrod, realmente subyugadora y a la que habría que sumar otros momentos de gran emotividad como fue la decimotercera de la serie. Mena dio con la tecla de cada variación, tanto en su carácter como en los aspectos más sustanciales de cada una de ellas. Algo que fue posible gracias a un inspirado conjunto que respondió de manera loable a su exigencia, con mención especial hacia la cuerda y las maderas, sin olvidar la excelente secuencia de intervenciones de los atriles solistas, como fueron los realizados a cargo del corno inglés o la trompa. Una interpretación formidable que justo en su final acusó un cierto desajuste, tal vez provocado por la impulsividad de la última variación, lo cual en absoluto desmereció un instante de lo ofrecido antes. Quizá fue lo que motivó la reacción demasiado comedida del público ante la apoteosis conclusiva de la obra. No obstante, todo es perdonable si la entrega, la pasión o el fervor son su causa. Interpretación en busca del límite, música extremada.

Juan Manuel Rodríguez Amaro