Audioclasica

05-VI-2017 Entre la unión y la fuerza

Crédito: Susanne Holm
Vovka y Vladimir Àshkenzay

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA VLADIMIR Y VOVKA ÀSHKENAZY, pianos Obras de Schubert, Smetana, Ravel y Rachmanivov. Aforo: 2.324  Asistencia: 65% Veinte años llevaba Vladimir Àshkenazy sin venir a Madrid, pero al margen del motivo que pudiera haber para ello, como reza el célebre tango gardealiano, veinte años no es nada. El legendario y temperamental pianista de origen ruso, nacionalizado islandés y afincado en Suiza, prosigue a sus ya casi ochenta años de edad en plenitud de facultades y declaradamente deseoso de continuar cultivando el arte pianístico hasta sus últimas…

Crédito: Susanne Holm Vovka y Vladimir Àshkenzay

Crédito: Susanne Holm
Vovka y Vladimir Àshkenzay

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2017. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

VLADIMIR Y VOVKA ÀSHKENAZY, pianos

Obras de Schubert, Smetana, Ravel y Rachmanivov.

Aforo: 2.324  Asistencia: 65%

Veinte años llevaba Vladimir Àshkenazy sin venir a Madrid, pero al margen del motivo que pudiera haber para ello, como reza el célebre tango gardealiano, veinte años no es nada. El legendario y temperamental pianista de origen ruso, nacionalizado islandés y afincado en Suiza, prosigue a sus ya casi ochenta años de edad en plenitud de facultades y declaradamente deseoso de continuar cultivando el arte pianístico hasta sus últimas consecuencias, siempre que su abultada agenda como director se lo permita. No en vano, en breve afrontará el reto de grabar, por primera vez, la integral de las Suites Francesas de J. S. Bach.

Pero en este último concierto de Scherzo antes del parón estival, para cuya celebración se había sembrado la duda por su cancelación con la ONE tan sólo una semana antes, Vladimir no actuaría en solitario, sino conformando dúo con su hijo Vovka, colaboración que viendo siendo habitual aunque de manera esporádica en los últimos años y que añadía un indudable atractivo a la cita. No es común encontrarse casos semejantes con nombres tan insignes de la interpretación, compartiendo la actividad concertística con su propio hijo ante el gran público, que dicho sea de paso, volvió a resultar muy escaso para la ocasión. Un antecedente destacado aunque muy anterior, fue el del mítico pianista Arthur Schnabel, formando dúo también junto a su primogénito. En todo caso, Vovka, apelativo familiar de Vladimir Stefan, tampoco es un pianista que goce de gran reconocimiento en el circuito internacional, si bien su trayectoria es más que considerable dentro de lo que se puede alcanzar en el status de un intérprete profesional.

La solvencia y complicidad como dúo, incuestionables a priori, pondría a prueba su nivel con un programa exigente y arquetípico del repertorio para cuatro manos y dos pianos, con obras originales y arreglos, y que viene a ser carta de presentación de la formación. Sin embargo, la ilusionante previsión no terminó de encontrar su correlato en lo escuchado a lo largo del recital. Con Vladimir asumiendo el papel principal, la calidad de la interpretación resultaría impecable, avalada por una suerte de preciosismo sonoro, de exquisita pulcritud en ambos, y producto de una técnica casi perfecta dotada a su vez de una sincronización de precisión suiza, pero que incomprensible adoleció de una planicie e intensidad que condujo hasta el más absoluto tedio, como asomarse a un hermoso paisaje en el que a pesar de su belleza no sucede nada que realmente avive nuestra atención. Algo acentuado en cierto modo por Vovka, cuyo buen oficio se vio ensombrecido por un carácter en exceso circunspecto que pudo resultar incluso inquietante, en contraste con el talante más afable pero igualmente estático de su progenitor.

Tales premisas constituyeron el guión inicial, alternada con destellos de profundidad y brillantez que no lograron alcanzar continuidad. Primero con el Divertimiento a la húngara para piano a 4 manos en sol menor D. 818 de Franz Schubert. Una obra de simplicidad casi superficial aunque no exenta de instantes de corte dramático. A la luz de un lirismo bucólico pensado por el genio vienés para sus reconocidos momentos de intimidad musical, su extenso desarrollo obliga a exprimir al máximo su potencial expresivo, más allá de la dulzura cristalina de sus cantabile, lo cual no cuajó en manos del dúo contribuyendo a un discurso interpretativo demasiado monótono. La versión de El Moldava de Bedřich Smetana vino a refrendar lo comentado, con menos complicidad si cabe entre las partes. Un Moldava muy bravo por su acelerado tempo, que gozó de instantes pianísticos radiantes pero que una vez más quedó ciertamente estancado en lo expresivo, en una versión  muy “leída” que no dejó espacio para el tono  solemne y emotivo de su célebre tema central. En cualquier caso un regalo para los oídos al que buena parte de la audiencia correspondió con una gran ovación y bravos, en parte alentados por esa suerte de prejuicio positivo por el que si se llama Àshkenazy y toca El Moldava, bien estará, contrastando con aquellos que incluso optaron, quizá desmedidamente, por abandonar el Auditorio a la conclusión de la primera parte.

Al margen de otras cuestiones o situaciones, lo sorprendente en el terreno estrictamente musical fue la decisión de interpretar ambas obras a dos pianos en lugar de a cuatro manos como reza en sus versiones original y estándar respectivamente. Algo poco plausible que en el caso de Schubert no funcionó al tratarse de una composición cuya escritura se haya concebida plenamente para las cuatro manos, con todos los aspectos diferenciadores que ello conlleva y que redundan en la concentración de la sonoridad y las texturas, en los que tal bloque sonoro, a dos teclados, no consiguió empastar adecuadamente. Es innegable el mayor lucimiento visual de los dos pianos respecto de las cuatro manos, incluyendo el plano práctico por la presencia de los asistentes para pasar las páginas, pero su cualidad musical se resintió sensiblemente. Un ejemplo de que en ocasiones dos no es mejor que uno, y la suma de fuerzas no garantiza una mayor unión.

Más cuerpo, sin llegar a remontar del todo, tuvo tras el descanso el enigmático magnetismo del díptico vertebrado por Maurice Ravel y Sergei Rachmanivov, ya con Vovka al mando protagonista del primer piano. Con el único ánimo posible que el de optar por rescatar lo más valioso de lo escuchado. Bajo unos tempi de nuevo un tanto precipitados, la sugestiva Rapsodia española para dos pianos del genuino compositor francés, si logró al menos encontrar su atmósfera evocadora a través de un delicado abanico de aromas sonoros, dejando nuevamente destellos y momentos verdaderamente reseñables como la fluidez rítmica de Malagueña o la elegancia expresiva en Feria, de un mérito abiertamente reconocido por el público.

La Suite Nº1, op.5 de Rachmaninov se adjudicó por derecho natural de origen la mejor parte del recital. Una interpretación de mayor enjundia aun sin dejar de lado las consabidas carencias, que sin llegar a una mayor plenitud, no impidieron una aceptable intensidad y carácter, muy destacables en Les Larmes y en ese movimiento de enorme fuerza y tinte singularmente minimalista que es su número final Pâques.

El amablemente anunciado por Vladimir, sirva de ejemplo para otros, Vals Fantasía de Glinka, spécialité de la maison del dúo, sirvió como brillante propina y cierre de una cita que dejó a la reflexión la distancia que puede separar la unión de la fuerza. Quién sabe, probablemente sea solo cuestión de equilibrio.

Juan Manuel Rodríguez Amaro