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24-VI-2017 NUEVE NOVENAS (II): CLASICISMOS Y PRE-ROMANTICISMOS

panoramica

  ORQUESTA SINFÓNICA DE MADRID, ORQUESTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID, ORQUESTA SINFÓNICA RTVE VÍCTOR PABLO PÉREZ, director Obras de Haydn, Garay y Mozart Una de las cuestiones más llamativas en el planteamiento de estas Nueve Novenas ha sido la del tamaño de la formación orquestal. Tal vez debido a la magnitud del planteamiento de la jornada, o tal vez debido a la dificultad inherente a la utilización de plantillas reducidas, pero sobre todo debido a la escasa aceptación que el público más populista manifiesta hacia todo lo que suponga menos de 60 músicos en escena con el consiguiente nivel…

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Una imagen correspondiente a la titánica jornada. Crédito Rafa Martín.

 

ORQUESTA SINFÓNICA DE MADRID, ORQUESTA DE LA COMUNIDAD DE MADRID, ORQUESTA SINFÓNICA RTVE

VÍCTOR PABLO PÉREZ, director

Obras de Haydn, Garay y Mozart

Una de las cuestiones más llamativas en el planteamiento de estas Nueve Novenas ha sido la del tamaño de la formación orquestal. Tal vez debido a la magnitud del planteamiento de la jornada, o tal vez debido a la dificultad inherente a la utilización de plantillas reducidas, pero sobre todo debido a la escasa aceptación que el público más populista manifiesta hacia todo lo que suponga menos de 60 músicos en escena con el consiguiente nivel de ruido (“Barco grande ande o no…”), sorprende gratamente que Víctor Pablo Pérez haya afrontado la ejecución del repertorio clásico con la orquesta de cuerda adecuada, sin más refuerzo de graves que los estrictamente necesarios y con la consiguiente sección de viento prescrita. Siendo cierto que hoy en día es este el patrón adoptado de manera común, para nada resultaba lo esperable: la calidad de la Orquesta Sinfónica de Madrid (a cargo de la Sinfonía nº9 en do mayor de Joseph Haydn) está fuera de toda duda, pero la pequeña formación no es su medio habitual, y lo mismo pero magnificado al límite podría decirse de la Sinfónica RTVE (Sinfonía nº9 en do mayor de W. A. Mozart) y de la Orquesta de la Comunidad de Madrid (Sinfonía nº9 en mi bemol mayor de Ramón Garay). Tal vez por este factor sorpresa, fueron estas plantillas reducidas las que realizaron las más impecables interpretaciones de la jornada.

Esta parte del programa de orquestas “reducidas” comenzó con la magistral interpretación del Haydn a cargo de una Orquesta Sinfónica de Madrid en estado de gracia que, dicho queda, fue la gran triunfadora de la jornada junto con la Orquesta Nacional de España (esta última en el terreno de la gran orquesta). Era el primer concierto de los cinco previstos, por lo que no pudo haber arranque mejor: a los tempos ágiles dictados desde dirección que ya han sido mencionados como una constante, se pudo unir una tremenda sutileza interpretativa destinada a la ejecución de unos ecos exquisitos en el segundo movimiento o el equilibrio perfecto del oboe y las trompas en el tercero, todo ello extremadamente liviano a favor de un Haydn que todavía no es el autor fiero y cargado de su producción adulta, y con una brillantez en la cuerda exclusiva de las mejores formaciones reducidas; una orquesta camerística, casi de solistas, que el alto nivel de la OSM sostuvo de manera sobresaliente en una obra de duración muy reducida que apenas sobrepasó los 10 minutos.

Manteniéndonos dentro del Clasicismo, o de un tímido Romanticismo, como primera parte del segundo de los conciertos de la jornada, la programación llamativa de la Sinfonía nº9 en mi bemol mayor de Ramón Garay a cargo de la Orquesta de la Comunidad de Madrid resultaba expectante: a la vista estaba que formaciones grandes podían dar lo mejor de sí en un ámbito reducido y la OCM, sin llegar al nivel de la OSM, también mantuvo un buen nivel en su interpretación, aunque por desgracia fue el concierto con menor asistencia de todos los programados. Un aforo que no sobrepasaba el 50% del auditorio pudo así disfrutar de la música de un autor que está siendo recuperado en la actualidad y cuyo interés es más que palpable, ya no sólo por cuestiones puramente compositivas (que las tiene) sino por asuntos musicológicos tales como la inclusión del clarinete como parte de la sección orquestal de maderas: toda una curiosidad. Y es que es este uno de esos parámetros comparativos sempiternos dentro del oficio, el del uso del clarinete y su papel más o menos destacado dentro del conjunto por oposición (o no) al papel que el propio Mozart le otorgó en sus obras tardías (añadiendo, para el caso, que lejos se encuentra Garay de atreverse a destacar el instrumento en su obra, situándose ya no lejano respecto a las sinfonías mozartianas tardías, sino directamente en otro planeta respecto de la música camerística con clarinete o el mismísimo Concerto del austríaco). Como punto negativo del concierto, sin duda alguna, fue el público que permaneció en el auditorio (ese 50% del aforo al cual se le podría haber restado un 15% extra): aplausos entre movimientos, toses continuadas pero, sobre todo, conversaciones en voz alta sin ningún tipo de pudor, dificultaron el devenir de un concierto delicado en el que la mayor habilidad fue la demostrada por el encargado de incrementar la luminosidad de la sala cada vez que se aplaudía entre movimientos. Verdadero virtuoso y mago de las luces que respondía con premura iluminando las interrupciones inesperadas del público.

Ironías aparte, la OCM se esforzó por mantener las formas de manera amable y sostuvo un concierto sorprendente por el aire melódico, casi napolitano en ocasiones, que en su tercer y cuarto movimientos anticipa lo peor del Romanticismo más chabacano pero que se mantiene en unos niveles de construcción temática más que interesantes, y que sitúa a Garay en el momento justo que históricamente le correspondería: el del puente entre el Clasicismo y el Romanticismo temprano, así como la utilización más marcada de la sección completa de madera que muestra ya una clara comprensión de su papel diferenciado con carácter propio dentro de la plantilla orquestal, y ya no como una sencilla prolongación del concepto de “registro”.

Como tercer y último concierto sujeto a la pequeña formación, sorprendió sobremanera el recogimiento de la Sinfónica RTVE a cargo de la Sinfonía nº9 en do mayor de W. A. Mozart para todos aquellos que la seguimos de cerca en el Teatro Monumental semana tras semana, resultando obvio que el funcionamiento de la misma podría ser mayor del que habitualmente muestra en su propio campo de juego. Fue la ejecución de esta RTVE un significativo punto intermedio entre la brillantez de la interpretación camerística y la densidad de la gran formación orquestal, pues si bien el núcleo reducido de ejecutantes de cuerda regaló algunos de los momentos más desnudos, de arco más marcado, más presente, de toda la jornada, también es cierto que su carácter no dejaba de ser denso, amablemente sonoro. Con las secciones de viento en su lugar correspondiente (el viento madera de RTVE rinde, por lo general, a niveles óptimos, especialmente en sus instrumentos medios-agudos), y con una estupenda labor a cargo de las trompas, destacó el recogimiento de un timbal físicamente situado entre la cuerda y la madera y que otorgaba una discreta sonoridad recogida muy sabiamente escogida: un buen hacer que, como norma general, se ve muy perjudicado por el ingrato espacio habitual del Teatro Monumental, y que aquí brilló especialmente a lo largo de la segunda sección, mientras que en los movimientos tercero y cuarto fue la suma de elementos la que constituyó un todo ejemplar. Un Mozart ligero y ágil, cero artificio, desnudo, que se transformó en sobrecogedor por el inusual tratamiento que de su final hizo el maestro: siendo como es tan mozartiano el recurso compositivo de utilizar ideas temáticas del final de una sección como puente hacia un nuevo período, lo cierto es que la aplicación de dicho principio en la interpretación es menos habitual, y aquí Víctor Pablo Pérez realizó una sorprendente prolongación de la sonoridad recogida de los últimos ecos hacia las siguientes secciones estructurales que culminaron con la obra inmersa en una sonoridad velada. El final de este Mozart sólo puede denominarse de “jaque mate”. Triunfo absoluto de Víctor Pablo Pérez y RTVE, siempre y cuando “triunfar” en música suponga el buen gusto, el oficio, la recreación estética desde un enfoque personal pero nunca agresivo hacia la partitura. Sencillamente, brutal.

HACHÈ COSTA

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