Audioclasica

Breve apunte sobre la industria de la música lúdica

La música creada ex profeso para la industria del entretenimiento (llámese cine, videojuegos o incluso teatro comercial) siempre ha sido vista como un “algo” de segunda categoría. También el pop, el rock, una parte del jazz (esto es, música que sí es música en sí misma sin responder a nada externo pero que tiene la capacidad de hacer dinero) han sido vistos como manifestaciones anti-artísticas dado que, se esgrime, no aportan originalidad, ni investigación, ni apertura de nuevos mundos sonoros. Y tal vez haya que dejar claro esto para comenzar: el mero hecho de que una obra tenga que ser…

Constantino Martínez-Orts junto a Darth Vader al frente de la Film simphony Orchestra (FSO) en una imagen de archivo. Crédito: FSO.

La música creada ex profeso para la industria del entretenimiento (llámese cine, videojuegos o incluso teatro comercial) siempre ha sido vista como un “algo” de segunda categoría. También el pop, el rock, una parte del jazz (esto es, música que sí es música en sí misma sin responder a nada externo pero que tiene la capacidad de hacer dinero) han sido vistos como manifestaciones anti-artísticas dado que, se esgrime, no aportan originalidad, ni investigación, ni apertura de nuevos mundos sonoros. Y tal vez haya que dejar claro esto para comenzar: el mero hecho de que una obra tenga que ser necesariamente original para ser válida no deja de ser una opinión, y sobre opiniones hay mucho escrito (lo que ocurre es que parece que ya nadie se lo lee). De Aristóteles al Romanticismo, la teoría de la Estética deja bien claro que toda creación que se exceda en su originalidad tiene una alta probabilidad de resultar excesiva, ininteligible, inaprensible y, por lo tanto, incomprensible para el oyente. Y luego ya estará la originalidad comedida, la que resulta creativa sin por ello tener que provocar el rechazo del público y que parece ser precisamente la que no interesa en los circuitos “serios” ni a los compositores “serios” ni a los programadores “serios”. Pero lo cierto es que la música para cine (o el rock, o el pop, o el jazz, o el folk) está plagada de ejemplos de enorme musicalidad y valor, mal que le pese al mundo académico.

Son estos rasgos creativos de la música accesible, en ocasiones, mayormente recursos de producción y diseño sonoro, esto es cierto, pero cabe recordar que ambos términos se asemejan en numerosas ocasiones a la labor del director orquestal, por lo que su valor no debería quedar jamás en entredicho. Es decir… ¿Si la creación electroacústica se da en el entorno de un conservatorio subvencionado sí tiene valor pero si se da en la mesa de mezclas de un estudio comercial no lo tiene? Francamente, es absurdo. Lo siento mucho, pero hasta la más rancia de las canciones de pop comercial exitosas tiene destellos brillantes, y en estos días presentes, con motivo de la segunda edición de la Madrid Gaming Experience, la gran feria dedicada a los videojuegos y a la industria del entretenimiento electrónico, parece que la gran vencedora en la carrera por una originalidad y una creatividad capaces de alimentar una industria (y nutrir a sus oyentes) es la música compuesta para los videojuegos.

En esta Madrid Gaming Experience se ha podido disfrutar de muchos juegos diferentes y la facilidad pasmosa con la que miles de asistentes paseaban tarareando los temas más pegadizos de los mismos (muchas melodías y texturas recién escuchadas por primera vez pero aún así recordadas por, insisto, miles de personas) debería hacernos pensar con humildad acerca de los conceptos tan arcaicos y obsoletos que manejamos en el mundo de la música culta. Y si volvemos al campo del cine, podremos llegar mucho más allá porque precisamente esta feria lúdico-industrial coincidía con la programación en el Auditorio Nacional de la película Nosferatu de Murnau con la partitura original de José María Sánchez-Verdú, tan celebrada ella por toda la gente que reniega de la música para la imagen. Se podrá esgrimir que esto es otra cosa, que Murnau ya no es cine comercial (lo fue, como música comercial fue la de Johann Sebastian Bach), pero lo cierto es que ahí seguirá habiendo una película que sirve como base para hacer una partitura. ¿Por qué este concierto sí es interesante pero no lo son tantas otras cosas? No estamos siendo congruentes. Pero vayamos un poco más allá en la confrontación de mundos: los departamentos de prensa.

La agilidad con la que el gabinete de prensa de esta feria de videojuegos ha colaborado con los profesionales acreditados que nos hemos acercado a la misma dejaría en verdadero ridículo a los eternos correos sin respuesta con los que en tantas y tantas ocasiones nos obsequian los “profesionales” de la comunicación del ámbito musical. Para ser justos, hay que dejar claro que una Gema Parra del INAEM o un Benjamín Nuñez de RTVE son ágiles, amables y funcionales, así que sobre ellos no se puede decir nada más que “mil gracias”. Pero también hay que observar que esto no siempre es así. Ya sea porque la persona que va a cubrir el evento les parece peligrosa (podría ser que la crítica fuera negativa) ya sea porque la organización no está dispuesta a facilitar una entrada (España está muy mal, eso es cierto), en muchas ocasiones los periodistas no pueden cubrir un evento musical porque no se les facilita lo necesario para ello. En el polo contrario, también el trabajo realizado por agencias como Zenit Comunicación para la presente feria debería resultar un modelo a seguir para nosotros. Habría que ver, eso sí, si los músicos aceptaríamos formas de proceder tan ajenas a las nuestras, aquellas del siglo XIX que debe ser que nos funcionan tan bien: la industria musical en España es la que menor rendimiento económico genera y la que menor impacto social alcanza; en dirección ascendente le sigue el cine; en la cima positiva, obvio, se encuentra el entretenimiento digital. Incluso editoriales dedicadas al mundo gamer, como puede ser la destacable Héroes de Papel Editorial, casa con base en Sevilla que se está convirtiendo en un verdadero referente en el mundo de habla hispana, produce bastantes más títulos y genera mayor movimiento social y económico que la literatura musical impresa (si es que esta se sigue produciendo por estos lares, algo que no tengo muy claro).

Creo que a nosotros, a los músicos, nos sobra arrogancia; y a ellos, a los gamers, les sobra capacidad creativa e industrial. No sé a qué se debe este negarse nuestro al entretenimiento, al disfrute; cabe recordar que la música académica no salva vidas en operaciones a corazón abierto, no estamos salvando al mundo de su extinción. Los músicos cultos no somos necesarios para esta sociedad mientras que el disfrute que aporta un juego digital sí lo es. Los músicos no funcionamos ya ni como motor económico ni como motor lúdico, ni como motor periodístico ni como motor editorial, no somos un motor social y no somos un motor político: tan sólo es una opinión, aunque no es personal e intransferible; sobre ella hay mucho escrito y tal vez nos convendría comenzar a leerlo.

HACHÈ COSTA