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Audioclasica

15-XII-2017 Un programa audaz

Valencia Otoño 2017. Abono 12. Palau de la Música. Sala Iturbi KATIA Y MARIELLE LABÈQUE, pianos. ORQUESTA DE VALENCIA. JORDI BERNÀCER, director. Obras de Amando Blanquer,  Max Bruch y Camille Saint-Saëns  Aforo: 1.817 Asistencia: 85 % Si tuviera que definir con una palabra este concierto dirigido por Jordi Bernàcer diría que fue audaz. Después, añadiría ilustrativo. El valenciano, que concluirá 2017 con Die lustige Witwe de Franz Lehár en el Teatro Verdi de Pádova, eligió dos páginas poco frecuentadas para la primera parte y una ampulosa sinfonía para la segunda. Aunó innovación, aún sin salirse del canon sinfónico, y popularidad.…

Katia y Marielle Labeque con la Orquesta de Valencia y Jordi Bernàcer. Créditos: Eva Ripoll

Katia y Marielle Labèque con la Orquesta de Valencia y Jordi Bernàcer. Créditos: Eva Ripoll

Valencia

Otoño 2017. Abono 12. Palau de la Música. Sala Iturbi

KATIA Y MARIELLE LABÈQUE, pianos. ORQUESTA DE VALENCIA. JORDI BERNÀCER, director.

Obras de Amando Blanquer,  Max Bruch y Camille Saint-Saëns

 Aforo: 1.817 Asistencia: 85 %

Si tuviera que definir con una palabra este concierto dirigido por Jordi Bernàcer diría que fue audaz. Después, añadiría ilustrativo. El valenciano, que concluirá 2017 con Die lustige Witwe de Franz Lehár en el Teatro Verdi de Pádova, eligió dos páginas poco frecuentadas para la primera parte y una ampulosa sinfonía para la segunda. Aunó innovación, aún sin salirse del canon sinfónico, y popularidad.

Soy consciente de que no debería utilizar el sustantivo innovación para referirme composiciones de 1983 y 1912, respectivamente, pero la imaginación vertida en muchos programas suele ser tan escasa que así lo requiere éste. Iniciar el concierto con Tríptic orquestal de Amando Blanquer (1935-2005) fue un acierto. Bernàcer hizo un guiño al terruño, ambos nacieron en Alcoi, y un homenaje a un músico que como Messiaen tintó su oficio de un nuevo humanismo, aquel al que aludía hace unos días en estas mismas páginas. Blanquer abarcó lo popular y lo culto en un prolífico catálogo. Renovó el género de la música festera (marchas para moros y cristianos), al tiempo que legó un repertorio propio y de calidad para la banda.

Las enseñanzas de Goffredo Petrassi forman parte de éste. Los arabescos de sus ocho Concerti per orchestra están en el Concierto para banda (1970-1971) y también en Tríptic orquestal. Esta obra fue una doble transcripción, primero para conjunto de vientos y después para orquesta, realizada a partir de otra original para órgano. La estrenó la Orquesta de Valencia en 1985. El tortuoso arranque de las maderas y las brillantes disonancias de los metales en “Preludio” llevan esa marca bandística. Le sigue un “Coral” con aire nocturno y aroma modal a Messiaen. Finaliza con una imaginativa “Toccata”. En esta primera interpretación, orquesta y director ya dieron muestras de la excelencia que continuaría a lo largo de la tarde.

Max Bruch y Camille Saint-Saëns fueron coetáneos estrictos. La obra del primero se vio sumida en la penumbra producida por la de Johannes Brahms, también nacido en la década de 1830, a quien siguió hasta el punto de aborrecer a Richard Wagner y Franz Liszt. Sus conciertos para violín, el Concierto para clarinete, viola y orquesta, Op. 88, y parte de su música de cámara son las obras más conocidas del autor natural de Colonia. Aún recuerdo la interpretación de algunas de estas piezas por Joan Enric Lluna, Lluis Claret y Josep Colom cuando el Palau de la Música tenía programación estable de música de cámara.

El Concierto para dos pianos y orquesta, Op. 88a, tiene cuatro movimientos, los mismos con los que Brahms compuso su Segundo Concierto para piano, Op. 83. En el primer movimiento, a una poderosa introducción le sigue una fuga que dota a la obra de un marcado carácter arcaico, alejado del modernismo imperante cuando se estrenó. En la cuarta parte, el autor vuelve a estos acordes iniciales y a partir de ellos desarrolla un nuevo tema que hace que su estructura interna sea tan irregular como interesante. La orquesta no la había interpretado hasta ahora, caso contrario al de las solistas, que no actuaban en Valencia desde 2009. Katia y Marielle Labèque lo mantienen en su repertorio tras grabarlo con la Philarmonia Orchestra y Semyon Bychkov en 1993 (Philips). No hace mucho, los tres realizaron una gira  con esta misma obra.

Las hermanas de Bayona pusieron de manifiesto esa complementariedad de la que habla Renaud Machart en su biografía: Katia et Marielle Labèque, une vie à quatre mains (Buchet/Chastel, 2016), unas manos que nunca se separan en los saludos. Por una parte encontramos la expresividad de Katia (1950) y por otra la contención de Marielle (1952), ambas con aspecto juvenil: vestido negro corto y botines. La extraversión de la primera le llevó a resolver un par de acordes con antelación a la orquesta, pero más allá de esta anécdota la sólida lectura de ambas fue bien cumplimentada por una conjunto empastado, con unos forte redondos y compactos y lírico en el clímax del “Adagio ma non troppo”. El director puso tanto cuidado en matizar a fondo como en obtener una tímbrica tornasolada.

Las pianistas ofrecieron como bis el último de los Cuatro movimientos para dos pianos de Philip Glass recogidos en Minimalist Dream House (DG, 2013). Una pequeña muestra del ingente repertorio que abarcan, grabado en el palacio de Roma en el que ambas viven: desde el jazz al folclore vasco, de la electrónica a versiones historicistas.

Jordi Bernàcer. Créditos: Eva Ripoll

Jordi Bernàcer. Créditos: Eva Ripoll

Saint-Saëns lideró el movimiento nacionalista Ars Gallica y no dudó en romper con la Société Nationale cuando ésta decidió incluir en sus conciertos a compositores contemporáneos extranjeros, además de franceses. Sin embargo, la Sinfonía órgano (1886) está dedicada a Franz Liszt, de quien recoge el desarrollo temático cíclico. En ella, el compositor rezuma esa sacralidad laica republicana tan francesa y convierte la sala de conciertos en una catedral. La magnificencia de los himnos del “Maestoso” y el órgano así lo manifiestan. Un uso del canto llano que coincide con la edición de las primeras ediciones de paleografía musical en Solesmes, las cuales dieron lugar a la reforma del género. El autor añade el colorido que da el piano a cuatro manos, el cual aparece también en Carnaval de los animales compuesta ese mismo año.

Y a pesar de tratarse de una obra de repertorio, Jordi Bernàcer fraseó con frescura. El balance fue equilibrado, la cuerda tupida y los movimientos rápidos precisos y con nervio. Hubo detalles de creatividad tímbrica: sacar a las trompas desde dentro de la orquesta, y por tanto dotarla de mucho cuerpo, en el “Adagio” de la primera parte y fundir el timbre de los metales graves con el del órgano en su diálogo del “Presto” de la segunda. Nunca decayó el interés discursivo en los pasajes de transición que dan continuidad a cada sección. Cómplices del éxito obtenido fueron una orquesta entregada, un atento Arturo Barba a cargo del Gran Grenzing y el exultante Javier Eguillor en el final.

 

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

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