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13-I-2018 Un trabajo a medias

BARCELONA Gran Teatre del Liceu GABRIELE VIVIANI, severo. GREGORY KUNDE, poliuto. SONDRA RADVANOVSKY, paolina. RUBÉN AMORETTI, callístenes. JOSEP FADÓ, felice. ALEJANDRO DEL CERRO, nearco. SUN MIN KANG, un cristiano. MIQUEL ROSALES, otro cristiano. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. director, DANIELE CALLIGARI. Donizetti: Poliuto, tragedia lírica en tres actos. Libreto de S. Cammarano. Aforo: 2.292 Asistencia: 80% Plausible sin discusión resultaba la idea del Liceo de programar –aunque sea en la forma mínima de dos conciertos– el Poliuto de Donizetti en calendario simultáneo con L’elisir d’amore. La coincidencia permite percibir y contrastar dos Donizettis bien diferentes, no…

© Antoni Bofill

© Antoni Bofill

BARCELONA

Gran Teatre del Liceu

GABRIELE VIVIANI, severo. GREGORY KUNDE, poliuto. SONDRA RADVANOVSKY, paolina. RUBÉN AMORETTI, callístenes. JOSEP FADÓ, felice. ALEJANDRO DEL CERRO, nearco. SUN MIN KANG, un cristiano. MIQUEL ROSALES, otro cristiano. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. director, DANIELE CALLIGARI.

Donizetti: Poliuto, tragedia lírica en tres actos. Libreto de S. Cammarano.

Aforo: 2.292 Asistencia: 80%

Plausible sin discusión resultaba la idea del Liceo de programar –aunque sea en la forma mínima de dos conciertos– el Poliuto de Donizetti en calendario simultáneo con L’elisir d’amore. La coincidencia permite percibir y contrastar dos Donizettis bien diferentes, no solo en el tono sino también en la forma musical: por un lado, la jocosa y amable comedia de Nemorino obedece al paradigma operístico más habitual del bergamasco; por otro, la tragedia del Poliuto se construye sobre una estructura y mediante un lenguaje que, como con razón se ha venido señalando, prefiguran los verdianos. Por lo demás, la diferente fortuna que ambas obras han alcanzado no puede achacarse a injusticia en modo alguno: si L’elisir, a pesar de su sencillez argumental, sigue omnipresente en las programaciones de todo el mundo, es fundamentalmente por la riqueza melódica de la mayor parte de sus pasajes, desde las célebres arias y los preciosos duetos a las notables partes corales; y si Poliuto se ha convertido prácticamente en una rareza es porque se basa en uno de los libretos menos felices de Cammarano –que desvirtúa y empobrece el Polyeucte de Corneille– y porque su partitura no anda tampoco sobrada de momentos brillantes.

Pese a ello, como se ha dicho, la presentación conjunta de ambos títulos ofrecía la posibilidad del parangón y el interés de constatar algunos rasgos en la evolución del compositor. Por desgracia, hay que señalar que el trabajo quedó a medias por razones diversas que remiten en su conjunto a una preparación poco cuidada del título. Así, para comenzar, Daniele Callegari, maestro de reputada batuta en el repertorio italiano, no estuvo a la altura de lo que de él se esperaba, y no supo llevar a la orquesta del teatro más allá de su vacilante nivel actual: demasiado vehemente en algunos tempi, excesivo casi siempre en los volúmenes, ayudó poco a unos cantantes que, por su parte, parecieron en su mayoría poco familiarizados con su rol. Bastaba ver a Sondra Radvanovsky absolutamente aferrada a la partitura y en ocasiones hesitando en algunas frases para constatar que necesitaba algunos días más de estudio para hacer suyo el rol. En el caso de la excelente soprano estadounidense, desde luego, su fantástico instrumento, su rotundo fiato, sus apianamenti y sus agilidades salvaron su actuación con creces, pero no sucedió así con algunos de sus compañeros de reparto, como Gabriele Viviani o Rubén Amoretti, ambos de voz insuficiente en sus respectivas tesituras de barítono y bajo. Y ni siquiera el coro pareció cómodo con su parte –por contraste con su excelente prestación en L’elisir–. Así las cosas, el mejor identificado con su rol fue Gregory Kunde, quien ya lo había cantado previamente y a cuyas características vocales cumple a la perfección el personaje de Poliuto. En su caso es lástima que la voz no corra ya como otrora, pero nada hay que objetar ni a su noble entrega ni a unos recursos técnicos que con el paso de los años han ido supliendo astutamente las carencias de la edad. Algunos apuros en sus duetos con esta Radvanovsky en plenitud son ya más que justificables, pero conviene señalar que entre ambos consiguieron que la velada resultase, a fin de cuentas, más que digna.

Javier Velaza

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