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Audioclasica

23-I-2018 Schubert en los ojos de Uchida

MADRID CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA MITSUKO UCHIDA, piano Obras de Schubert Aforo: 2.324  Asistencia: 80% El ciclo de Scherzo daba la bienvenida a su nueva temporada, acumulando ya nada menos que veintitrés ediciones, con el deseo por supuesto de que sean muchas más. Una temporada que se presenta una vez más apasionante a la luz de una lista de intérpretes en la que se vuelve a combinar acertadamente la savia emergente del teclado junto a sus máximos representantes en el panorama actual. Un caso especial, por si ya fuera poco,…

© Justin Pumfrey

© Justin Pumfrey

MADRID

CICLO GRANDES INTÉRPRETES 2018. FUNDACIÓN SCHERZO

AUDITORIO NACIONAL DE MÚSICA DE MADRID. SALA SINFÓNICA

MITSUKO UCHIDA, piano

Obras de Schubert

Aforo: 2.324  Asistencia: 80%

El ciclo de Scherzo daba la bienvenida a su nueva temporada, acumulando ya nada menos que veintitrés ediciones, con el deseo por supuesto de que sean muchas más. Una temporada que se presenta una vez más apasionante a la luz de una lista de intérpretes en la que se vuelve a combinar acertadamente la savia emergente del teclado junto a sus máximos representantes en el panorama actual. Un caso especial, por si ya fuera poco, será el de Sokolov, que llega ya en febrero para celebrar sus veinte años de conciertos en Madrid.

En esta ocasión, el peso de abrir el año recayó en otro nombre de oro del piano como es Mitsuko Uchida, con el privilegio para Scherzo y el público asistente de ser el único recital que la pianista del Sol Naciente haya ofrecido en nuestro país dentro de su extensa y admirable gira mundial.  Y lo hizo además ante un público sensiblemente más numeroso y quizá algo menos ruidoso que en veladas anteriores, pese a no faltar las toses o la consabida intervención estelar del móvil, que afortunadamente eso sí, pasó más desapercibido.

En el programa un solo protagonista, monográfico Franz Schubert, con el riesgo que una propuesta así supone sobre todo para no sobrecargar los oídos menos entregados a su música. Pero si Uchida es su intérprete ese riesgo desaparece. Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que Schubert tiene en ella a una de sus intérpretes de referencia, conocedora como pocos de su obra y de su enigmático carácter y del que ella misma afirma: “Su música está entre la vida y la muerte; sueña con su mirada puesta en el horizonte. Es a la vez personal y profunda, cada nota habla y toca tu espíritu”. Pensamiento que sin duda traslada y emerge en sus interpretaciones, como en efecto se pudo escuchar. Además en cuanto a las obras, sólo una forma, la sonata, cuyo corpus ha cobrado una notable y más que merecida presencia en los últimos años, tanto en el ciclo como en el propio repertorio, tan representativas como son, un testimonio absoluto, de la vida y la personalidad del genio vienés. Reflejo de ello fue el tríptico seleccionado por Uchida para esta cita, empezando por la antepenúltima de la colección, la Sonata nº21 en Do menor D. 958. La aparente fragilidad de la pianista nipona se transformaría en un torrente de energía ante su instrumento para ofrecer una imponente lectura que sin tregua desde el inicio dio de lleno en el corazón de su sentido dramático, de gran contundencia e intensidad expresiva en ambos Allegro, y de solemne profundidad en el movimiento lento y el Menuetto. Todo logrado gracias a tempi precisos, sobre un fraseo ágil y claro, y contrastes dinámicos llevados al extremo de sus posibilidades sonoras, con pianissimi de inefable delicadeza. Una interpretación monumental.

Misma suerte correría la ensoñadora Sonata nº15 en La mayor D.664. Tras un amable momento de confusión resuelto con gracia en el que Uchida no entendía si tenía que continuar o ir al descanso, se volvió a sentar ante el teclado para completar otra formidable versión en la que pasaría del melancólico dramatismo de la primera a la frescura juvenil, que en Schubert es mucho decir, de esta composición. Una vez más resaltaría la belleza del contorno melódico bajo un sutil sentido tímbrico y en perfecto equilibrio respecto del apolíneo tejido armónico y formal, con especial mención aquí para el Andante, flanqueado por unos arrebatadores, que no arrebatados, Allegro. Y siempre desde una fluidez y naturalidad asombrosas, que proceden fundamentalmente de una sencillez y generosidad, personal y artística, difícilmente igualables, al margen por supuesto de su inconmensurable don musical.

Para terminar, la Sonata nº20 en Sol mayor “Fantasía” D.894. Una de esas obras cuya enjundia y dimensión no se encuentran aún plenamente reconocidas, a la sombra no ya del catálogo schubertiano sino de toda la literatura pianística, pero que es poseedora de una insondable magnitud. Y su primer movimiento Molto moderato e cantabile guarda cierta controversia respecto del que puede resultar un tempo ambiguo dentro de su compás en doce por ocho. Muchas versiones, algunas tan memorables como la de Richter y más recientemente el caso de Volodos, exhiben una extrema lentitud en busca de su relieve expresivo de naturaleza casi mística, que se estiran alrededor de los cincuenta minutos de duración. Otras versiones se inclinan hacia una medida más viva si se tiene en cuenta que tampoco es un movimiento específicamente lento. Este fue el caso de Uchida, que trató de subrayar su cantabile volcando magistralmente sobre las dinámicas toda la profundidad de su expresión. No obstante, se pudo apreciar durante este primer movimiento algún desajuste que probablemente hizo resentir su plena fluidez e incluso inspiración, con la impresión de que tal vez se hubiera podido adueñar de Uchida cierta fatiga, que por otra parte sería comprensible ante semejante tour de force. Algo que tampoco supuso un impedimento para continuar desplegando su inmenso magisterio pianístico, traducido en un impecable control del tempo, la sonoridad y el plano formal. Cualquier duda quedaría despejada por un intenso y equilibrado Andante, del que destacó su portentoso sentido rítmico desde su compleja articulación. Muy similar a los subsiguientes Menuetto y Allegretto final, en los que Uchida, quizá menos contundente, mantuvo intacta la sutilidad de su belleza y hondura, desembocando en un final inenarrable con un silencio posterior que contuvo la respiración de toda la asistencia. Puede que esta última sonata no alcanzase la agilidad y brillantez de las dos primeras, pero fue aún más humana, y Schubert siguió siendo Schubert en los ojos de Uchida, que mostró una emocionada gratitud al público ante su cerrada ovación. Ya no habría espacio para más, no era noche para propinas.

Juan Manuel Rodríguez Amaro

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