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1-II-2018 A Peter Grimes le llueven piedras

Valencia Temporada 2017/2018. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal GREGORY KUNDE. LEAH PARTRIDGE. ROBERT BORK. DALIA SCHAECHTER. GIORGINA ROTOLO. MARIANNA MAPPA. RICHARD COX. ANDREW GREENAN. ROSALIND PLOWRIGHT. TED SCHMITZ. CHARLES RICE. LUKAS JAKOBSKI. WILLY DECKER, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. CHRISTOPHER FRANKLIN, director musical. Benjamin Britten: Peter Grimes Aforo: 1412 Asistencia: 98 % La adquisición y puesta en escena del Peter Grimes de Willy Decker por parte de Les Arts supone un jalón, tanto en la breve y accidentada historia del coliseo, como en la larga y…

Peter Grimes de Benjamin Britten Primer acto. Fotografías: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

Peter Grimes de Benjamin Britten
Primer acto.
Fotografías: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

Valencia

Temporada 2017/2018. Palau de les Arts Reina Sofía. Sala Principal

GREGORY KUNDE. LEAH PARTRIDGE. ROBERT BORK. DALIA SCHAECHTER. GIORGINA ROTOLO. MARIANNA MAPPA. RICHARD COX. ANDREW GREENAN. ROSALIND PLOWRIGHT. TED SCHMITZ. CHARLES RICE. LUKAS JAKOBSKI. WILLY DECKER, director de escena. COR DE LA GENERALITAT VALENCIANA. FRANCESC PERALES, director. ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. CHRISTOPHER FRANKLIN, director musical.

Benjamin Britten: Peter Grimes

Aforo: 1412 Asistencia: 98 %

La adquisición y puesta en escena del Peter Grimes de Willy Decker por parte de Les Arts supone un jalón, tanto en la breve y accidentada historia del coliseo, como en la larga y productiva trayectoria de la versión. En el primer caso es debido a la altura artística alcanzada. En el segundo, supone el culmen de una exitosa carrera que comenzó en el Teatro La Monnaie de Bruselas en 1994. Ese mismo año, este montaje fue programado en el Gran Teatre del Liceu pero su incendio impidió finalmente su representación. En 1997 la propia orquesta y coro del teatro belga lo trajeron a Madrid bajo la dirección de Antonio Pappano. Después se vio en Bilbao.

Al rescatar una entrevista de Willy Decker de hace un tiempo me llamó la atención su concepto de autenticidad aplicado a la ópera: “el único trabajo auténtico es el que se produce cuando una producción se estrena por vez primera”. Aun así, la mirada que puso en este título mantiene aspectos muy interesantes: la parquedad y estrechez de un escenario abstracto en pendiente, el movimiento de las masas (bancos de peces, ráfagas de viento o seres completamente alienados), la inteligente iluminación y acertado vestuario victoriano y la capacidad de mostrar el comportamiento gregario de un colectivo, The Borough, que sume en la miseria a uno de sus vecinos.

La justicia es incapaz de dilucidar si el pescador protagonista es culpable de la muerte de su primer ayudante-esclavo, por tanto deja al pueblo que dictamine. Y el pueblo ya se sabe, entre cuchicheos, murmullos y habladurías, es implacable. ¡Cuántos dedos índices apuntan continuamente a Peter Grimes! Lo apartan hasta los borrachos. Nadie empatiza con él. Ay, ese concepto que ha popularizado la piscología. Yo lo aprendí cuando estudiaba Historia. En la villa inglesa decían: “Cuando un golfillo peleón hace alguna travesura, ¿qué le dice su madre para asustarlo? Te voy a vender a Peter Grimes”. A ello hay que añadir la correspondiente dosis de fundamentalismo, en este caso, de la iglesia metodista.

Peter Grimes de Benjamin Britten. Fotografías: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

Peter Grimes de Benjamin Britten.
Fotografías: Miguel Lorenzo / Mikel Ponce

 Peter Grimes es un drama social. El libreto surge de la colaboración entre el compositor y el escritor comunista Montagu Slater, cuyo trabajo en común había comenzado en la vertiginosa década de 1930, con varias obras de teatro y documentales sobre las miserias de los mineros escoceses. Britten y su pareja y cantante Peter Pears lo esbozaron durante su auto-expatriación americana como objetores de conciencia. Tomaron como base un poema de George Crabbe, como ellos, oriundo del Condado de Sufflok, bañado por el Mar del Norte, cuyo opresivo ambiente se retrata.

La obra es un antecedente de las películas de Ken Loach, quien denunció en la década de 1990 las vergüenzas de un thacherismo que hoy es el nuestro. Son los mismos años en los que el regista alemán la subió a las tablas. En Lloviendo piedras Loach presenta a un padre de familia mayor de 40 años parado. Como buen católico, hace lo imposible para que su hija lleve el mejor vestido en su primera comunión. Por su parte, Grimes pretende comprar su tranquilidad y limpiar su pasado con una pesca abundante, que lo enriquezca y le permita establecerse como comerciante para cuidar de la maestra que se quedó viuda. Ella es la única persona que empatiza con él. Pero claro, el marino acaba como siempre y la joven se desdibuja entre una masa que la ha machacado. Además, la sombra de la pedofilia no se desvanece: “Pescar es un oficio solitario, los solteros tienen mucho que aguantar”.

Éstos son los mismos presupuestos que mantiene el cineasta británico: el individuo frente al colectivo. El ciudadano, al que le llueven piedras por todos lados, frente al Estado. Incluso de su propia forma de ser: no tarda Ellen en recriminarle sus malos tratos hacia los muchachos. Por tanto, no es de extrañar que en boca de Gregory Kunde sobresaliesen preguntas como: “¿Qué puerto puede ofrecerme reposo?”, “¿Quién puede cambiar el curso de las estrellas para volver al principio y comenzar de nuevo?”. ¿Recuerdan Ladybird, Ladybird?

Decía más arriba que el nivel artístico de este tercer Britten visto en Valencia, tras A Midsummer Night’s Dream y The Turn of the Screw, ha sido significativo. En primer lugar, por la ductilidad del Cor que, un paso más allá de su excelencia habitual, fue capaz de fundirse con la orquesta para crear unas texturas asombrosas. La buena mano de Francesc Perales se percibió en el aprovechamiento tímbrico de los efectos fonéticos que el propio texto destila. Destacó al erigirse, así lo quisieron los autores, en un personaje con entidad propia. También supo evolucionar  en los difíciles movimientos a los que Decker lo somete.

Otro factor de triunfo estuvo en manos del conjunto orquestal y de su director, habitual en este podio. Lo hemos disfrutado en Café Kafka de Francisco Coll, Juana de Arco en la hoguera de Honegger y en la citada The Turn of the Screw. Esta vez moldeó a una orquesta descriptiva o dramática, según el caso, cómoda entre los pentagramas de compositor inglés. Tuvo la habilidad de enunciar cada uno de los interludios a modo de preámbulo o recapitulación de lo vivido, bien para subrayar su poso psicológico, bien para permitir al oyente enredarse en sus propias conclusiones. Sólo en ellos la escena se abrió al mar. Ese mar y ese agua que tantas veces fue hilo conductor en las producciones de Livermore. La tormenta del segundo interludio tuvo un marcado tinte malheriano.

Britten quiso que el villano fuera el tenor y no el barítono como es habitual. Gregory Kunde debutó escénicamente como Peter Grimes en esta función, aunque la  cantó en concierto en Roma en 2013. El director fue Antonio Pappano. El estadounidense llega a este Grimes a punto de cumplir los 64 años, lo cual no resta consistencia a un sonido cantado y hablado, a pesar de algunas tiranteces. Peter Pears y Jon Vickers, los dos Grimes de referencia, grabaron el rol alrededor de sus respectivos 50. No obstante, la capacidad expresiva de Kunde y el dominio de los numerosos recursos que posee redondearon una actuación que tuvo su punto álgido en el aria “En sueños he construido un agradable hogar”. Y a pesar de las exigencias del compositor, el tenor declaró sentirse cómodo al cantar en su lengua materna. Un aspecto de agradecer, ya que la mayor parte del elenco lo hizo así.

Leah Partridge compuso una enternecedora y bien cantada Ellen, cumplimentada por el sólido Balstrode de Robert Bork. Se me cayó el alma a los pies cuando, un vez perdido el protagonista, la maestra no tiene más remedio que alienarse entre la masa que la repudió. Por otra parte, la veterana Rosalind Plowright, con un porte y felonía propios de las grandes malas del cine americano, llenó el papel de la presuntuosa, entrometida, fisgona y problemática Sra. Sedley. “He oído dos voces durante los salmos, una la de Grimes, y la otra más calmada”, dice en el último acto. Eso sí que es estar en misa y repicando.

DANIEL MARTÍNEZ BABILONI

 

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