Audioclasica

24-II-2018 La ineludible y placentera cita anual con Sokolov

Grigory Sokolov. Créditos: Eva Ripoll.

Valencia Invierno 2018. Abono 24. Palau de la Música. Sala Iturbi GRIGORY SOKOLOV, piano. Obras de Franz Joseph Haydn y Franz Schubert  Aforo: 1.817 Asistencia: 98 % Cada una de las versiones que Grigory Sokolov hace en sus conciertos podría dar lugar, por sí misma, a un extenso ensayo sobre interpretación y técnica pianística. Están cuidadas al detalle. Como si de una grabación discográfica se tratase, ya que para él ambas cosas son lo mismo. Por tanto, no asistir a sus recitales supone perder una de las mejores oportunidades de salir embelesado de un auditorio. Lo sabe bien el público…

Grigory Sokolov. Créditos: Eva Ripoll.

Grigory Sokolov. Créditos: Eva Ripoll.

Valencia

Invierno 2018. Abono 24. Palau de la Música. Sala Iturbi

GRIGORY SOKOLOV, piano.

Obras de Franz Joseph Haydn y Franz Schubert

 Aforo: 1.817 Asistencia: 98 %

Cada una de las versiones que Grigory Sokolov hace en sus conciertos podría dar lugar, por sí misma, a un extenso ensayo sobre interpretación y técnica pianística. Están cuidadas al detalle. Como si de una grabación discográfica se tratase, ya que para él ambas cosas son lo mismo. Por tanto, no asistir a sus recitales supone perder una de las mejores oportunidades de salir embelesado de un auditorio. Lo sabe bien el público que llenó la Sala Iturbi y sus programadores. Así sucedió hace justo un año, cuando el ruso trajo varias sonatas y fantasías de Mozart y Beethoven, emparentadas por la tonalidad de do menor. También, en junio de hace dos con un programa que incluía piezas de Schumann y Chopin. Y así sucesivamente durante varios años atrás.

El que aquí comentamos es el tercero de los cinco conciertos ofrecidos por Sokolov este febrero en nuestro país. En el programa oficial constaban Haydn y Schubert. En el oficioso, Chopin, Rameau (en dos ocasiones cada uno), Griboyédov y Scriabin. Una prologada entrega suplementaria que incrementa la emoción en un público que, si no ha salido precipitadamente al acabar el último acorde de la última obra (que lo hay), se presta a seguir el ritual ya establecido de escuchar los bises de pie, cerca de las puertas o en los pasillos, como si no supiera que el de Leningrado es prolijo en ellos.

De Haydn sonaron las sonatas Hob. XVI: 44, 32 y 36. Respectivamente, en las tonalidades de sol, si y do sostenido, todas menores. Su escritura denota un estilo intermedio entre el uso del clave y del fortepiano, más expresivo. Por ello, el solista levantó bien las manos para articular con ligereza y obtener un sonido cristalino. La claridad con la que dijo cada una de estas partituras, sin cesura entre ellas, capturó la atención de todos los presentes desde la primera nota en una sala prácticamente a oscuras. En el piano de Sokolov cualquier adorno o cualquier trino resultan apabullantemente nítidos y nunca pierden la direccionalidad.

En la Sonata en sol menor, Hob. XVI: 44 el pianista potenció un sutil juego de reguladores. En su segundo movimiento, un “Allegretto” a modo de minueto, dejó saborear su carácter ternario y aprovechó el efecto del pedal para redondear y agrandar el final. El detallado contraste entre matices continuó en la Sonata en si menor, Hob. XVI: 32. Enseguida destacaron por su peso los acordes que inician el segundo tema. El pianista también reforzó los graves en las progresiones en semicorcheas. En el “Menuetto” resaltó el contraste entre el legato de la melodía y la gracia del picado de las notas sueltas. En la sección central de este movimiento conjugó hábilmente una tímbrica seca con sonidos redondos y acolchados. Finalmente, el “Presto” resultó vigoroso y dinámico en su virtuosismo. En el segundo movimiento de la Sonata en do sostenido menor Hob. XVI: 36 Sokolov nos llevó con mucho interés por todas sus modulaciones. Ninguna decayó. Y casi sin darnos cuenta, tras el grácil “Scherzando” y un ralentizado “Minueto”, aparecimos en la delicada conversación que mantenían las voces internas con las más superficiales en el “Moderato”. Casi sentimos pudor al inmiscuirnos en tan sutiles y privados susurros.

El pianismo de Schubert fue bien diferente: manos próximas al teclado, articulación más pesada y sonoridades de gran piano romántico, como las obtenidas en las dobles octavas del primero de los Cuatro Impromptus op. 142 D. 935. En esta misma parte el solista presentó el tema inicial con cierta teatralidad, a modo de introducción de lo que vendría después: un todo conceptualizado como sonata y no como piezas independientes. En el segundo tema de este primer Impromptu volvimos a presenciar un igualado, elocuente y cantabile diálogo entre los breves motivos agudos y graves soportados por el arpegiado central. Al minueto se le vieron las entrañas. Tal fue el modo con el que Sokolov potenció de nuevo las partes internas. Este segundo movimiento fluctuó entre una extremada expresividad liederística y cierta solemnidad en los forte. Del tema con variaciones destacaría los delicados rubati de la segunda variación y el aire melancólico que imprimó en la tercera. Finalmente, en el “Alegro scherzando” encontramos a un músico cambiante, veloz pero sin precipitaciones, de trinos electrizantes y escalas vertiginosas pero muy bien pronunciadas.

Y como en los Conciertos de Año Nuevo, no todo estaba dicho a la conclusión del programa. Faltaba por escuchar la Mazurca op. 63 nº 3 de Chopin y la vuelta al clave en “Les sauvages” de Pièces de clavecin avec un méthode  y “Le Rappel des Oiseaux” de las Nouvelles suites de pièces de clavecin de Jean-Philippe Rameau. En cuarto lugar Sokolov volvió a Chopin, con el emotivo Preludio op. 28 nº 15 de resonancias mallorquinas, conocido como “la gota de agua”. Y aún hubo tiempo para una tanda de música rusa compuesta por dos Alexander: de Griboyédov, el Vals en mi menor, con la pequeñez y melancolía de una cajita de música, y de Scriabin, un sentido Preludio op. 11 nº 4.

Para concluir, sólo queda anotar en rojo en el calendario la próxima visita de Grigory Sokolov. ¡Hasta el año que viene!

Daniel Martínez Babiloni