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03-III-18 La pasión según Millán

CUENCA. TEATRO AUDITORIO AUDITORIO Escolanía Ciudad de Cuenca, Orfeón Ciudad de Cuenca, Orquesta Ciudad de Música. Ainara MUÑIZ LARA, voz blanca solista; Carlos ALCOCER, tenor; Luis HUÉLAMO, bajo; Carlos LOZANO, barítono. Ignacio YEPES, dirección. MANUEL MILLÁN: La pasión de nuestro señor Jesucristo El pasado sábado 3 de marzo tuvo lugar en Cuenca el estreno absoluto de “La pasión de nuestro señor Jesuscristo”, partitura del compositor conquense Manuel Millán de las Heras cuya primera originalidad manifiesta la constituía el hecho de haber utilizado como texto cantado uno proveniente de un Evangelio apócrifo: el de Pedro. Así, y como una declaración de…

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Detalle de la orquesta y escolanía durante el estreno. Crédito: Sergio Rubio.

CUENCA. TEATRO AUDITORIO AUDITORIO

Escolanía Ciudad de Cuenca, Orfeón Ciudad de Cuenca, Orquesta Ciudad de Música. Ainara MUÑIZ LARA, voz blanca solista; Carlos ALCOCER, tenor; Luis HUÉLAMO, bajo; Carlos LOZANO, barítono. Ignacio YEPES, dirección.

MANUEL MILLÁN: La pasión de nuestro señor Jesucristo

El pasado sábado 3 de marzo tuvo lugar en Cuenca el estreno absoluto de “La pasión de nuestro señor Jesuscristo”, partitura del compositor conquense Manuel Millán de las Heras cuya primera originalidad manifiesta la constituía el hecho de haber utilizado como texto cantado uno proveniente de un Evangelio apócrifo: el de Pedro. Así, y como una declaración de intenciones, Millán de las Heras se alejaba del corpus de textos canónicos de la Iglesia Católica apostando por una realización que precisamente trataba de entroncar dos mundos muy distintos, uno moderno y otro tan clásico como el de la música litúrgica occidental. Y aunque la galería de imágenes literarias contenidas en dichos textos apócrifos podría dar lugar a un alejamiento consustancial de la doctrina católica oficial (baste recordar que abundan en ellos imágenes traídas de la magia y mundos similares, incluyendo a un Cristo niño que resucita a otros niños después de haberlos matado, detalles estos que no fueron del agrado de los patriarcas de la institución y por ello fueron relegados al olvido), el Evangelio de Pedro aquí escogido no resultó excesivo en este aspecto, pudiendo decirse que la adecuación a la propuesta escénica de Millán resultaba más que satisfactoria y que aún motivó al autor a la inclusión de otros textos intercalados provenientes de autores del Siglo de Oro como Quevedo o Calderón, aparte de algunos del propio compositor.

Convivieron así texto y música en una propuesta de síntesis comedida en la que, al lado de pasajes absolutamente tonales, se intercalaban breves momentos atonales así como secciones en parlato en afinación libre, todo ello a través de una plantilla camerística para una pequeña orquesta que debía convivir con dos coros diferentes, la Escolanía infantil por un lado y el Orfeón Ciudad de Cuenca por el otro. Como solistas, entre diferentes intervenciones como las de un Herodes o incluso un Jesús, se encontraba el propio Carlos Lozano, a la sazón director de la Escolanía, convertido en el evangelista principal que exponía un texto “sin descanso para el desaliento”, en palabras del propio compositor. Y es que el elemento dramático, absolutamente imprescindible en una composición de estas características, no fue en absoluto olvidado, recayendo de manera especial en un uso de la percusión que contrastaba sobremanera con los otros planos sonoros simultáneos.

Dividida a grandes rasgos en cuatro grandes secciones, el principal recurso estructural en la organización del discurso sonoro lo constituyó el uso de tres elementos contrastantes: el acompañamiento a la narración del Evangelista sobre una célula repetitiva enmarcada en un ámbito puramente tonal y narrativo decimonónico, los coros de corte contemporáneo destinados a los aspectos literarios más duros como podrían ser el injusto juicio a Cristo, y los momentos corales a cargo de la Escolanía como reflejo de la pureza, la inocencia o el dolor más emocional, y que en buena medida hacían uso de una “armonía” de corte barroco. Conviviendo con ello, de manera intercalada se sucedían diferentes intervenciones solistas que hacían gala de un simbolismo marcado siempre recomendable en el género, aunque en ocasiones la ejecución de los mismos no resultó del todo afortunada. Y es que no hay que dejar de decir que la sección instrumental fue realizada por la Orquesta Ciudad de Música, formada de manera prácticamente íntegra por estudiantes y músicos muy jóvenes, y que si bien este punto no ha de ser necesariamente negativo, para el caso sí puso de relieve la necesidad de un mayor trabajo y un mayor número de ensayos, algo que por otra parte constituye una lacra del mundo contemporáneo no imputable al compositor bajo ningún concepto. Pero, por otra parte, uno no puede dejar de sorprenderse por el enorme esfuerzo llevado a cabo en la ejecución de una obra como la presente, teniendo en cuenta que era un concierto único, con una única obra en programa, con el Auditorio de Cuenca dedicado a Manuel Millán de las Heras y, todo sea dicho, con una asistencia asombrosa en una obra de nueva creación: un hecho que debería suponer una invitación a la reflexión por parte de los programadores. Y es que la realidad es que hay compositores contemporáneos cuyas obras sí funcionan entre el gran público y su presencia debe dejar de ser desatendida, y el estreno de este Pasión de nuestro señor Jesucristo de Manuel Millán de las Heras así lo ha atestiguado.

Hachè Costa

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