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17-VI-2018 El señorío de una artista enorme

MILÁN TEATRO ALLA SCALA ANNA CATERINA ANTONACCI, soprano. DONALD SULZEN, piano. Obras de Ottorino Respighi, Gabriel Fauré. Reynaldo Hahn y Francis Poulenc. Propina. Georges Bizet: ‘Habanea’ de Carmen. Aforo: 3.200. Asistencia: 70 % Hacía mucho, demasiado, que ‘la’ Antonacci no se presentaba en la Scala, aparte una sustitución de última hora. Si el canto de cámara es un poco el pariente pobre del arte vocal en el templo de la lírica en Italia, hay que considerar que un domingo por la noche el programa reunió mucha gente, y sobre todo, muy respetuosa y atenta a no infligir a artistas y…

© Brescia/Amisano

© Brescia/Amisano

MILÁN

TEATRO ALLA SCALA

ANNA CATERINA ANTONACCI, soprano. DONALD SULZEN, piano.

Obras de Ottorino Respighi, Gabriel Fauré. Reynaldo Hahn y Francis Poulenc. Propina. Georges Bizet: ‘Habanea’ de Carmen.

Aforo: 3.200. Asistencia: 70 %

Hacía mucho, demasiado, que ‘la’ Antonacci no se presentaba en la Scala, aparte una sustitución de última hora. Si el canto de cámara es un poco el pariente pobre del arte vocal en el templo de la lírica en Italia, hay que considerar que un domingo por la noche el programa reunió mucha gente, y sobre todo, muy respetuosa y atenta a no infligir a artistas y público los diversos ruidos con los que se nos suele obsequiar en otras funciones. Como en todas sus presentaciones, Antonacci presenta un grupo italiano y uno francés y luego las cosas pueden cambiar. Esta vez elegió las ‘Deità silvane’ de Respighi (autor necesitado de recuperación urgente, aunque los textos de esta serie no se pueden llamar maravillosos) y su famosa ‘Sopra un’aria antica’ sobre texto de D’Annunzio (más soportable aunque un tanto envejecido). De Fauré nos regaló ‘L’horizon chimérique’ con su constante alusión al mar. Y de Hahn los cinco primeros números de ‘Venezia’ en vernáculo y que fueron no sólo el final de la primera parte sino la culminación del creciente entusiasmo del público (sabe mal tener que elegir uno entre tanta excelencia, pero la intención de ‘Che pecà!’, no casualmente elegido como última pieza fue realmente memorable). La soprano se presentó en plenitud (últimamente se ha hecho bastante unánime la consideración de que ha empezado el declive). Las voces evolucionan, y a veces pierden notas, pero ganan otras o sobre todo adquieren una madurez interpretativa aun más notable. El sonido ámbar, bruñido, está ahí. La extensión en el agudo nunca fue una marca de la casa, pero si se piensa en lo que hizo con su primera aproximación a Gloriana en Madrid, se tendrá una idea adecuada de lo que ocurrió en la segunda parte. Antonacci propuso, sin que lo notaran muchos, una ópera que ha cantado ya mucho, y siempre mejor (sin el famoso ‘do’, sí…ni falta que hacía antes ni ahora). Pero La voix humaine sobre texto de Cocteau en su versión para piano resultó un acontecimiento que provocó una fascinación y un silencio casi religioso ante una artista sentada en una butaca y literalmente amarrada a un teléfono que paseó por todos los matices de una pérdida no querida. Su entendimiento con Sulzen, siempre total, alcanzó cotas estratosféricas (apenas se miraron y la obra es difícil, y con piano más. De paso, gran actuación de Sulzen que marcó tanto la originalidad de Poulenc como su deuda con el pianismo francés que lo precedió o con el que convivió, por ejemplo Ravel). Al final las ovaciones fueron tales que la artista dijo que se había preguntado si iba a conceder un bis tras una obra de este calibre, y constatando que la gente no marchaba, con su inteligencia habitual dijo: ‘lo más alejado, por imposible, de este texto’. Pero su ‘Habanera’, de la que ha sido –como de toda la obra- intérprete de referencia se convirtió, con su ritmo lento, en toda una teoría del amor, sin duda opuesta a la del texto de Cocteau, pero que la complementa. Baste decir que mis recuerdos fueron a las versiones, en la misma situación, de Crespin, de Berganza y, sobre todo, de de los Ángeles. Y eso, me parece, es estar en más que buena compañía.

Jorge Binaghi

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