Audioclasica

5-XII-2019 Verismo a la siciliana

BARCELONA Gran Teatre del Liceu ROBERTO ALAGNA (Turiddu y Canio). ELENA PANKRATIOVA (Santuzza). MERCEDES GANCEDO (Lola). GABRIELE VIVIANI (Alfio y Tonio). ELENA ZILIO (Mamma Lucia). VICENÇ ESTEVE (Beppe, Arlecchino). DUNCAN ROCK (Silvio). DAMIANO MICHIELETTO, dirección de escena. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. director, HENRIK NÁNÁSI. producción de ROYAL OPERA HOUSE COVENT GARDEN (Londres), LA MONNAIE (Bruselas), OPERA AUSTRALIA (Sidney) y THE GÖTEBORG OPERA. Mascagni: Cavalleria rusticana, ópera en un acto, libreto de G. Targioni-Tozzetti y G. Menasci. Leoncavallo: Pagliacci, ópera en dos actos. Aforo: 2.292 Asistencia: 98% Una interesantísima –y justamente premiada– producción firmada por Damiano…

© Antoni Bofill

BARCELONA

Gran Teatre del Liceu

ROBERTO ALAGNA (Turiddu y Canio). ELENA PANKRATIOVA (Santuzza). MERCEDES GANCEDO (Lola). GABRIELE VIVIANI (Alfio y Tonio). ELENA ZILIO (Mamma Lucia). VICENÇ ESTEVE (Beppe, Arlecchino). DUNCAN ROCK (Silvio). DAMIANO MICHIELETTO, dirección de escena. ORQUESTA SINFÓNICA Y CORO DEL GRAN TEATRE DEL LICEU. director, HENRIK NÁNÁSI. producción de ROYAL OPERA HOUSE COVENT GARDEN (Londres), LA MONNAIE (Bruselas), OPERA AUSTRALIA (Sidney) y THE GÖTEBORG OPERA.

  1. Mascagni: Cavalleria rusticana, ópera en un acto, libreto de G. Targioni-Tozzetti y G. Menasci.
  2. Leoncavallo: Pagliacci, ópera en dos actos.

Aforo: 2.292 Asistencia: 98%

Una interesantísima –y justamente premiada– producción firmada por Damiano Michieletto ha traído a las tablas del Liceu el dittico constituido por dos de los más grandes títulos del verismo italiano, la Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni y los Pagliacci de Ruggero Leoncavallo. No es el menor de sus méritos la sencillez de su concepción, basada en construir un ambiente común para ambas obras y añadir algunos elementos que funcionan de liaison entre las dos, como la aparición en Cavalleria de un flirteo –curiosa mezcla de spoiler y precuela– entre Silvio y Nedda y la incorporación a Pagliacci de una escena en la que Santuzza se reconcilia con Mamma Lucia y le confiesa que está embarazada del ya muerto Turiddu. Las cuidadas escenografía de Paolo Fantin e iluminación de Alessandro Carletti, junto con un vestuario muy adecuado de Carla Teti, contribuyen a crear una atmósfera expresiva y tensa, que se complementa con la más que correcta dirección actoral de Michieletto.

Pero quien sobresale en el espectáculo, confiriéndole la temperamentalidad siciliana que lleva en su genética, es Roberto Alagna. En muy buen estado vocal, el tenor encarna primero a un Turiddu atormentado y luego a un Canio celoso, ambos prototipos de una violencia machista que no cesa –tan creíbles y próximos nos aparecen sus caracteres que la dirección del teatro hizo bien en anteponer a la representación un comunicado en el que la dedicaba a la memoria de las vícimas–. La entrega interpretativa de Alagna va a veces en detrimento de la pureza de ciertas notas, pero es ese un sacrificio del que es consciente y que, tratándose de obras como estas, puede también aceptar el espectador, porque van en aras de un pathos verdaderamente plausible.

Si el tenor repite en ambas obras, no sucede lo mismo con las sopranos. Elena Pankratova es la encargada de dar vida a Santuzza, con unas prestaciones vocales algo por debajo de las requeridas por el rol, aunque compensadas en parte por una notable expresividad. Diferente es el caso de Aleksandra Kurzak, cuya Nedda resulta bastante convincente tanto en lo musical como en lo interpretativo. Más irregular es, sin embargo, el balance de los coprimarios: si hay que destacar la elegancia de Mercedes Gancedo como Lola, la estupenda Mamma Lucia de Elena Zilio, y la corrección de Vicenç Esteve como Beppe y Arlechino, sin embargo Gabriele Viviani, que dobla como Alfio y Tonio, evidencia dificultades para satisfacer la rotundidad vocal –y la perversidad psicológica– de sus dos personajes, en tanto que el canto de Duncan Rock decepciona decididamente para el rol de Silvio.

También resultan en este caso irregulares las intervenciones del coro, que no se ve beneficiado por su posición en varias escenas. La batuta de Henrik Nánási conduce a la orquesta sin estridencias, de una manera más bien fría y sin detalles de personalidad que reseñar. Así las cosas, la pasión siciliana de Alagna se enseñorea del escenario y nos deja un verismo de rompe y rasga que el público que asistió al estreno reconoció con ovaciones larguísimas –hubo hasta un amago de solicitar el bis de Vesti la giubba que Alagna rehusó con buen criterio– y merecido cariño.

Javier Velaza

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